Ráfagas de asombro

Reseña de Relámpago de asombro, escrita por Ioana Gruia.

Publicada en el suplemento Los diablos azules, de InfoLibre, el 19 de abril de 2023

https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/rafagas-asombro_1_1477707.html

Relámpago de asombro es, desde su título, un puro relámpago de asombro. Se trata de un título especialmente afortunado, que reúne las ráfagas de belleza e iluminación (relámpagos) con un rasgo definitorio de la literatura y la vida: el asombro. Es además un título elegante, a la vez íntimo y sonoro, que acierta en su tono. Los textos aquí reunidos son herederos de la mejor tradición fantástica y a la vez la mejor tradición realista del cuento, porque hay a mi entender un tratamiento de lo fantástico que sigue la idea de Cortázar de que lo fantástico necesita, para ser eficaz, un desarrollo temporal ordinario, una yuxtaposición con lo habitual, unas estrategias literarias propias del realismo.

En Relámpago de asombro se narra lo insólito como si fuera la cosa más natural del mundo, con un tono íntimo, cotidiano. Si antes hablaba de la mejor tradición fantástica y realista del cuento incorporada, creo que hay que decir lo mismo de la novela, y me explico enseguida. En el libro de Alana Gómez Gray, las situaciones y los personajes (niñas conmovedoras, desamparadas, desorientadas, dudosas, tiernas, niñas que de repente tienen la revelación de su doble, niñas dulceras, niñas que se agarran a relámpagos de asombro y madres amorosas o a veces endurecidas o ausentes) se describen al mismo tiempo con ternura, con una ternura inteligente y con la crudeza que implica explorar los abismos. En este sentido podríamos hablar de dos líneas que representarían por ejemplo dos gigantes como Flaubert Galdós: el primero es magníficamente despiadado con sus personajes mientras que el autor de Fortunata y Jacinta tiene piedad de sus personajes, los salva de alguna manera.

En este libro, los personajes que se salvan lo hacen a través de las ráfagas, los relámpagos de asombro. Pero a veces no pueden salvarse, en sentido literal, no figurado, como los niños del estremecedor relato Fosa común, obligados por el hambre a alimentarse de los muertos, «niños solos y hambrientos que se habían convertido en cementerios». El mundo de la infancia, en especial de las niñas, atraviesa todo el libro y el tratamiento de lo fantástico es en este sentido especialmente singular. De hecho, Alana Gómez Gray subraya en una reciente entrevista que el hilo conductor de Relámpagos de asombro «es el de la niñez, enmarcada en una espacialidad simbólica». Es una niña, Eloísa, quien tiene la revelación física de su doble en el cuento titulado Dualidad, un texto cuyo comienzo magnífico voy a citar como ejemplo de lo que Cortázar llamaba el efecto del knockout del cuento: «Eloísa dejó de serlo cuando tendría unos tres años». Se trata de un registro fantástico del tema/mito del doble enmarcado en unas coordenadas muy precisas:

«Una noche en que su madre no estaba en casa, Eloísa, como siempre, se despertó. Se supo en libertad aunque permaneció sin realizar el mínimo movimiento. Entonces, su pequeña manta de cuadros rosa y blancos se puso totalmente lisa y flotó a unos centímetros sobre la quietud de su cuerpo. Eloísa se vio a sí misma sentarse en el borde del colchón, tomar la cobija y mantenerla paralela al suelo, como una especie de alfombra mágica, para subirse a ella y salir por la obertura, volando despacio».

Todos los niños y todas las niñas sueñan con volar. Que Eloísa, con tres años, se vea a sí misma subirse a la manta de cuadros rosas y blancos como a una alfombra mágica y salir volando por la ventana es algo que puede pertenecer al registro de lo fantástico pero se narra con impecable realismo, porque hay una realidad otra en la que Eloísa puede perfectamente verse a sí misma realizar esta magnífica proeza. Cabe subrayar que los detalles visualizados de manera muy minuciosa (como la manta de cuadros rosas y blancos) son importantísmos. El estilo es una cuestión de visión, nos recuerda Proust, y la ternura una forma de clarividencia, y ambas afirmaciones se cumplen en Relámpagos de asombro.

Desde la cama, Eloísa se ve a sí misma cruzar el umbral de la ventana y esta escena es clave: «Se incorporó a la par que comprendía lo innecesario de aparentar ante sí misma estar dormida. Ya era tarde: cruzaba el umbral de la ventana». ¿Qué significa cruzar el umbral de la ventana? Significa justamente un relámpago de asombro, de tener acceso al «otro lado» de Cortázar, un otro lado accesible al doble, un otro lado que requiere del muy cortazariano elemento del pasaje. Eloísa cruza el umbral de la ventana como si se tratara de una acción cotidiana, íntima y a la vez un acto de afirmación de lo maravilloso que irrumpe en la realidad habitual, de eso que comúnmente llamamos realidad. Eloísa contempla a su doble desde el asombro alborozado ante la misteriosa belleza de la vida que le permite pasar el umbral de la ventana. Y aquí interviene algo crucial: para cruzar el umbral de la ventana, la frontera entre lo cotidiano y lo fantástico, hay que entrenarse en la convocación de lo maravilloso. Eso es lo que hace Eloísa al despertarse todas las noches: convocar a su doble, a la niña capaz de subirse a una manta de cuadros (rosa y blancos, no lo olvidemos) y a despegar volando como en la alfombra mágica de una infancia que funciona como refugio seguro en la memoria. 

En este libro, muy sensorial, que convoca la vista, el olfato, el tacto, el oído y el gusto, las palabras tienen sabor y piel, brillan, participan de lo fantástico y se acarician como si fueran pequeños animales dormidos. Es un libro magnífico, muy tierno y también muy duro, en el que nos deslizamos por la superficie pulida del lenguaje y participamos del asombro del mundo, de los destellos de belleza en los que reside la felicidad, del delicado e importantísimo equilibrio entre la lucidez y los sueños, la inteligencia y la emoción. Participamos en definitiva de los relámpagos de asombro, de un libro que nos ilumina y nos asombra.