Prisionero

Alana Gómez Gray [1]

            El ojo estaba en una habitación cerrada. La puerta era gris, aunque de un gris que en nada semejaba al que me encontré dentro. El hombre abrió y entonces lo tuve frente a mí: no me atrevía a mirarlo llanamente. Era enorme. Me preguntaba a qué tipo de ser podría haber pertenecido pues abarcaba todo el espacio. Cuando por fin me sobrepuse al temor de estar ante un globo ocular de ese tamaño lo observé con cuidado. Era un ojo, sin párpados ni pestañas, solo una esfera, una pupila y un iris. La sensación de que estaba muerto se desvaneció al percatarme de la contracción de la pupila. Era un ojo preso de la nada, sin lágrimas que lo lubricaran, sin cuenca por la cual moverse. Se resecaba sin remedio. No habría manera de colocarlo en agua pues nadie osaba tocarlo ante la certeza de que se le dañaría de gravedad. Un ojo sin escapatoria. Tenía mucho de humano. El hombre dijo que la visita había terminado. Cerró la puerta de nuevo para que no le lastimara la luz. La luz, precisamente el elemento por el cual tenía sentido la existencia del ojo.

            Nadie sabía cuánto tiempo duraría. Era difícil predecir su muerte, pues para constatar su vida era necesario abrir de nuevo la puerta y, al abrirla, lo dañaban por carecer de párpado protector, pero sin luz no existía y no había otra manera de verificar el movimiento de su pupila.

            Me trajeron aquí para que hiciera algo al respecto. Para que tomara una decisión. Lloré.


[1] Publicado en CADENA, Agustín y OLAIZ, Amélie (Eds.) (2014). Cuentos pequeños, grandes lectores (La minificción explicada a los niños) (pp. 30). Estado de México: Cofradía de Coyotes.

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