Petición

Alana Gómez Gray[1]

Para Manolo Urbano por su amistad,

la cual es uno de mis tesoros.

            La Reina Madre había muerto hacía tiempo. Tenía cien o ciento un años cuando ocurrió. De las familias reales mis personajes favoritos eran ella y Stephanie de Mónaco. La primera por vieja y relajada; la segunda por desinhibida.

            Siempre imaginé a la centenaria mujer viviendo de manera serena en la hermosura de sus jardines ingleses, riéndose de la solemnidad, la hipocresía y los absurdos conflictos de todos sus descendientes. La imaginé en un mundo diferente, alterno al resto de quienes la rodeaban. La Reina Madre no me era un personaje ajeno gracias a la televisión y las revistas, pero también es cierto que no existía posibilidad alguna de  relacionarme con ella, en lo absoluto. Yo era una plebeya cualquiera a miles de kilómetros y libras, como otros tantos millones de personas.

            Lo raro es que no me sorprendí cuando la vi sentada en la esquina de mi cama. Entré a la habitación y ahí estaba. Llevaba sombrero y un vestido rosa pálido, quizá un Chanel pero como no portaba el gran número de perlas que exige esa marca, quizá no lo fuera. Olía a flores frescas, calzaba zapatos magníficos de tacón de una pulgada y de color claro que iban a la perfección con el resto de la indumentaria.

            Ahora que lo pienso, la Reina Madre siempre se me apareció con diferente atuendo; y yo no podía evitar fijarme en los detalles, como el broche que la adornaba o los zarcillos del día. Vestía bien, eso era innegable, aunque yo podría discrepar en cuanto a los sombreros, que a veces me parecían un tanto exagerados. Pero, a su edad, estando más allá del bien y el mal, cualquier extravagancia era cualidad.

            El punto es que la Reina Madre ahí estaba. Miraba sus uñas cuando yo entré. Me comentó que hacía muchos años tuvo un esmalte cuyo color “ópalo rosa” le hubiera ido estupendo esta tarde con su traje. Lo dijo como si estuviésemos en medio de una conversación interrumpida solo por un suspiro. Depositó sus manos en su regazo y me miró a los ojos.

            –Y bien, ¿qué quieres?, me preguntó de manera dulce, como si fuera mi abuela y yo estuviera a punto de escoger entre galletas y chocolates.

            “Conocer a Barbara Cartland”, pensé y no solté una carcajada por mi ocurrencia debido a que surgió de entre las profundidades de mi ser mi educación en escuela de monjas. La verdad es que de alguna manera relacionaba a ambas mujeres no sé por qué. Alguna vez escuché que la escritora era tía de la famosa Lady Di y por alguna razón di por supuesto en ese instante irreal que ella y la Reina Madre se conocerían. Por fortuna, la soberana no leía la mente y, aún cuando su sentido del humor fuese espléndido, era muy probable que no le hubiese agradado nada esa primera respuesta a su pregunta.

Todo esto pasaba por mi mente mientras ella me miraba con paciencia interrogante.

Balbucí algunos monosílabos aunque nada coherente salía de mi boca.

¿Qué quería? En ese instante no lo sabía. Di unos pasitos por mi habitación para hacer tiempo, observé la pequeñez de mi espejo, la portada del cuaderno donde escribo mis sueños, mi ropa en su caos…

            –¿Qué quiero de qué?, me atreví a preguntar para aclarar de qué iba aquello.

            –Lo que quieras. Pide, contestó ella con afecto.

            –¿Puedo pedir cualquier cosa?

            –Sí, respondió ella paciente. Tenemos todo el tiempo, pide bien, piensa con cuidado.

            Sí, claro, ella ya estaba muerta, por supuesto que tenía todo el tiempo. Pero yo no, iba retrasada con mi trabajo y no se diga todo lo que me faltaba hacer en la casa. Si me iba a ser concedido algo que yo anhelase, deseaba también contar con los años suficientes para disfrutarlo. Sin embargo, acababa de llegar de la oficina y tenía mucha hambre y en lo único que podía pensar era en un sandwich de jamón. Hice un recuento mental del contenido del refrigerador y concluí que sí podría preparármelo sin tener que molestar a la anciana quien, además era una reina, y, con mucha probabilidad, no sabría preparar un buen bocadillo y gastar un deseo en una comida tan simple no era algo que valiera mucho la pena.

            ¿Qué quería?

            No cabía duda, por lo pronto, comer y, si era posible, disfrutar de una siesta, unos cuantos minutos tumbada serían suficientes. Entonces me entró el conflicto de si invitar a la buena señora a que me acompañara a la cocina o pedirle que me esperara en la sala o… Ella ya no estaba ahí. Quise llamarla y no tenía ni idea de cómo hacerlo. Su Alteza, Su Majestad, Su Ilustrísima, por su nombre, ¿cómo?

            Por el momento me interesaban más mi comida y mi descanso que el fantasma. Ella volvió a aparecer una semana más tarde. Durante ese lapso tuve tiempo para asustarme a mí misma ante el hecho de haber permanecido tranquila frente a un ánima; de valorar, de ser cierto todo lo ocurrido, qué podría pedir; de reflexionar acerca de lo que quería. Era extraño lo que acontecía, era como tener un genio a mi disposición aunque sin los típicos tres deseos. ¿Habría alguna diferencia entre desear y querer?   Como en los múltiples chistes y cuentos, pensé en pedir dinero, una casa más grande, otra casa en la playa, llenarme de libros y discos, gozar de un auto nuevo, viajar por todo el mundo, me imaginé con ropa nueva, con excelentes equipos de sonido y cómputo. Oh, sí, podría por fin estudiar arte, me hartaría de conciertos y museos, soñé con un desayuno a la orilla de un lago tras bajar de una montaña muy alta o haber navegado suavemente entre lotos y nenúfares. Quería todo eso.

            La siguiente vez que apareció la Reina Madre le comuniqué con satisfacción que ya sabía lo que deseaba y comencé por pedir dinero.

            –Bien, dijo ella. ¿Cuánto?

            –El suficiente para casas, auto, helicóptero, viajes, estudios…

            –¿Cuánto?

            –No sé, reconocí titubeante. Desconocía el costo de cada una de mis deseos.

            –Debe ser una cantidad exacta, con centavos incluso.

            –¿Puedo pedir, por ejemplo, cien millones de dólares?

            –Lo que sea, siempre y cuando sea una cantidad exacta, que no te sobre ni te falte una libra.

            ¡Libras!, pensé. Era preciso hacer el cambio de mi moneda a libras.

            –¿Por qué exacta?, quise saber

            –Es necesario entregar comprobantes de compras.

            –¿Y si pidiera todo el dinero del mundo?

–Si tú lo tienes todo, no habría transacciones, no podrías comprar nada, el intercambio de bienes y servicios se haría de otra manera.

            La señora tenía razón. Me sentí avergonzada, la había subestimado, ella fue una reina y no pudo estar ajena a las cuestiones económicas.

Menuda tarea me dejaba: hacer cálculos con precisión de broker.

            Otra tarde, sentadas en el patio viendo a la gata perseguir un insecto decidí que necesitaba una casa en mejores condiciones.

            –¿Cuál?

            –Una grande, muy bonita, caliente en invierno, fresca en verano, con jardines, muchas ventanas, aislada del ruido exterior, bien decoración, cómoda.

            ¿Cuál? ¿Ya la había escogido? ¿En dónde estaba?

            Por supuesto que yo no estaba al tanto dónde se encontraba mi casa ideal, si en Guadalajara o New York, en Calcuta o Siberia.

            No podía saberlo si no la había visto y carecía de los medios para contratar una agencia de bienes inmuebles o viajar y conocerla. Si pedía dinero para recorrer el mundo debía ser la consabida cantidad exacta. Siempre he creído que para habitar un sitio uno debe sentirlo además de sólo verlo en fotografías vía internet, así que me puse manos a la obra en mi propia ciudad. Hice citas, visité algunos inmuebles, pedí presupuestos a la par de cumplir con todos mis compromisos familiares y laborales. La búsqueda se me volvía cada vez más difícil porque, me di cuenta, perseguía un sueño de vivienda, por lo que opté tomarme un tiempo para reflexionar.

            Pasaron los meses. La Reina Madre y yo hablábamos mucho. Yo le contaba cómo estuvo mi día, ella anécdotas de su juventud. La edad que más disfrutó, decía, fue la de la vejez pues fue relevada de muchas responsabilidades para con su país y los suyos. Fue como si volviese a tener la libertad de una niña pero con toda la sabiduría de sus tantos años. Conocía la manera de divertirse a través de lo sencillo, la asombraba lo pequeño, le devolvía su dignidad de existir a lo más simple: un vaso, un helecho, una hoja de papel. Lo veía todo como si fuera la primera vez.

            Un día que llegué a casa con especial molestia por problemas con el auto y le comenté que era inevitable: necesitaba uno nuevo.

            –Muy bien, dijo ella. ¿Cuál?

            Vuelta a empezar.

            –Un Ibiza rojo, último modelo, con estéreo y aire acondicionado, dije rápidamente y sin pensarlo mucho, a ver si esta vez colaba.

            –No hay ese color en existencia, dijo ella tras unos segundos, como si hubiese sido informada por un asesor invisible.

            –Uno gris, esgrimí.

            –¿Con vestidura gris o azul? Hay dos tonos de azul.

            Me enfadaba todo aquello, prefería ir a la agencia directamente y comunicarle más tarde mi decisión. Al salir tuve conciencia una vez más que vivo en un barrio histórico, con casas de techos altos y sin cochera. Imaginé a mis vecinos adolescentes sentados sobre mi auto nuevo. Necesitaba otra casa. ¡La casa! Me relajé y volví sobre mis pasos, ya buscaría mañana a un buen mecánico en las páginas amarillas. Por lo pronto, invité a la Reina una coca-cola y nos pusimos a ver televisión.

            Algún tiempo después, bajo el agobio de los requerimientos fiscales, en medio de facturas y declaraciones de impuestos externé que precisaba más dinero para vivir tranquila el resto de mi vida así como no sufrir más por los trámites ante Hacienda.

            –¿Cuánto?, preguntó ella.

            ¿Por qué me había tocado un hada madrina tan limitada? La de Cenicienta le puso un vestido magnífico sin tener que escogerlo o probárselo antes. Le dio una carroza de calabaza así, sin más.

            –Quiero que usted lea mi mente, solté.  

            La Reina levantó la vista de su bordado y me miro alarmada.

            –Eso no es correcto, no tendríamos nada de que charlar.

            En otra ocasión comenté cuánto me gustaría ir nadar al mar.

            –¿Por qué no lo haces?

            –No sé nadar.

            –¿Por qué no aprendes?

            –¿Podría usted enseñarme? ¿Así, con un chasquido de los dedos, sin tener que pasar por las clases y el miedo?

            Se rió mucho de mí, muchísimo.

            –No soy el genio de una lámpara maravillosa, decía entre carcajadas. Solo soy una reina muerta. Tengo límites.

            Quedaba claro que solicitar cualquier habilidad que no formara parte de mi educación o naturaleza, sería en vano. Por eso, cuando anhelé mejorar mi apariencia ni se lo comenté, pues con seguridad ella me mandaría al gimnasio y al nutriólogo.

            Tiempo después, mientras yo sacudía mis libros y ella organizaba un álbum con sus fotos familiares volvió a preguntarme qué quería.

            En ese momento de paz, en medio del polvo de mi estudio, envueltas en una melodía que nos agradaba a ambas, con mi gata ronroneando a mis pies, sin prisas, tuve claro qué quería.

            –Nada, contesté.

            La Reina Madre me sonrió y ambas continuamos con nuestras labores.


[1] Publicado en CABRERA MARTOS, José (Coord.) (2015). Fruto del tiempo con nosotros. Homenaje a Manuel Urbano (pp. 195- 201). Jaén: Instituto de Estudios Giennenses / Diputación Provincial de Jaén.

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