Las madres en Pedro Páramo

El papel de la madre en Pedro Páramo, de Juan Rulfo, es singular. El simbolismo de la madre, como es sabido, se relaciona con el mar, principalmente, pero también con la tierra. Esta ambivalencia corrobora que la vida y la muerte son correlativas. “Nacer es salir del vientre de la madre; morir es retornar a la tierra” (Rulfo, 1975). Así, muere la madre de Juan Preciado y se cierra una vez más para él, el vientre materno. Juan parte hacia la tierra donde ella nació y encontrará las voces de su madre y los atisbos del que fuera su padre. “Mi madre, que vivió su infancia y sus mejores años en este pueblo y que ni siquiera pudo venir a morir aquí. Hasta para eso me mandó a mí en su lugar” (1975: 59). Juan Preciado es enterrado y ahí, en la tierra, encuentra una evocación del seno materno.

Hay dos tipos de madre en esta obra: la que sí tuvo hijos y la que no.

De esta manera, la primera madre que aparece en escena, justo cuando ha muerto, es Dolores Preciado, esposa de Pedro Páramo. Es ella quien demanda a su hijo que vaya a donde el padre y le “exija” lo que considera se merecen. Que le cobre el olvido en que los tuvo. Terrible sentencia pues el hijo, a pesar de no querer cumplir la promesa en un inicio, a los ocho días se retracta y parte hacia Comala. La madre domina al hijo. Dolores Preciado lo acompaña con su voz. Ella habla del lugar que para ella era Comala: “la vista muy hermosa de la llanura verde” (8); “un pueblo que huele a miel derramada…” (19); “allá hallarás mi querencia. El lugar que yo quise” (53). Es la madre que añora lo perdido.

Eduviges, describe a Dolores como “una muchachita de ojos humildes. Si algo tenía bonito tu madre, eran los ojos” (19). Es una mujer que se sentía poco agraciada y se asombra de que Pedro Páramo la haya escogido pese a haber “tantas muchachas bonitas en Comala” (36). El matrimonio no le da la felicidad y, embarazada, escapa del hogar conyugal. Se instala en Colima, en calidad de arrimada de su hermana, para parir. Espera ilusa a que su marido mande a buscarla, lo cual nunca ocurre y ella no tiene valor para volver. Muere, “tal vez de tristeza. Suspiraba mucho” (39). Termina por convertirse en un mero objeto en la bolsa de la camisa del hijo, un retraro “viejo, carcomido en los bordes” (9). Y agujerado (10). Sobre el hijo recae la sentencia de ser el lazo entre dos orgullos irremediables.

Otra madre en la novela es la propia de Pedro Páramo. Personaje sin nombre que lo regaña por pasar tanto tiempo en el excusado (p. 14), lugar donde él vivía su  ensoñación con Susana San Juan. Aparece también la abuela de Pedro, quien sí tiene descripción: “La abuela lo miró con aquellos ojos medio grises, medio amarillos que ella tenía y que parecían adivinar lo que había dentro de uno” (15). Esta mujer es quien organiza la casa y se duele también de sus pérdidas “Si yo tuviera mi casa grande, aquellos grandes corrales que tenía, no me estaría quejando” (16). Es quien disciplina al nieto y le augura: “Siento que te va a ir mal, Pedro Páramo” (21).

Estas son las madres que sí tuvieron descendencia. Las une la pérdida de sus bienes, sean inmuebles, sean amores. Mujeres incompletas, demandantes de lo que les fue arrebatado de una u otra forma.

Por otro lado, están las madres de crianza. Eduviges Dyada, la madre que pudo haber sido por ser ella quien pasase la noche de bodas entre Dolores y Pedro Páramo. Recordemos que esa noche Dolores estaba menstruando y envió a su amiga en su sitio. Extraña tergiversación de las costumbres patriarcales de pasar los poderosos esa noche con la novia.

“Al año siguiente naciste tú; pero no de mí, aunque estuvo a un pelo de que así fuera”, explica Eduviges a Juan y esa simple posibilidad le otorga autoridad sobre el muchacho.  

Dorotea “La Cuácarra”, por su parte, esla mujer que se inventa un hijo: “Es una que trae un molote en su rebozo y lo arrulla diciendo que es su crío” (57) Una ilusión: “porque lo sentí entre mis brazos, tiernito, lleno de boca y de ojos y de manos; durante mucho tiempo conservé en mis dedos la impresión de sus ojos dormidos y el palpitar de su corazón. ¿Cómo no iba a pensar que aquello fuera verdad? Lo llevaba conmigo a dondequiera que iba, envuelto en mi rebozo, y de pronto lo perdí” (54).  Al quedar sepultada en la misma tumba que Juan Preciado, sabe que “debería ser yo la que te estuviera abrazando a ti” (55). Es a Dorotea “a la única que le gustan los bebés” (56) y por eso es el único personaje que describe a su retoño.

Otra progenitora es la de Miguel Páramo, quien murió al darlo a luz (62). Es la madre ausente, sin nombre, de un niño criado entre la servidumbre.

Y la madre de Susana, muerta “en febrero, cuando las mañanas estaban llenas de viento, de gorriones, de luz azul” (68), sin ser llorada por la hija. Con más relevancia cuando fallecida  por ser enterrada con “su vestido negro, almidonado el cuello y el puño de sus mangas para que sus manos se vieran nuevas, cruzadas sobre el pecho muerto”.  Aunque arrulló y amamantó a su hija, al final no era más que “una cosa muerta” (69) pues fue sustituida por Justina, quien sí cuidó de Susana desde su nacimiento. Comala es el pueblo de hijos sin madre y de hijas solas.

En esta novela, Juan Rulfo otorga a las madres el papel de la ausencia perpetua. La que sí dio a luz, ha muerto; la que está viva tiene un hijo que no existe o no es suyo. Contradicción que refuerza la tendencia presente a lo largo de la novela: muerte y vida, vigilia y sueño, amor y desamor. La madre es una voz, un sueño, el inconsciente que impele a actuar, no obstante ser inaccesible.