Notar el aire

Ejercitarse en el gimnasio es un tanto aburrido pues todo se basa en contraer y relajar los músculos. Algunos de los seres que lo frecuentan agregan color a la sesión con sus rutinas exactas o extravagantes, con sus atuendos inspirados en la noche de copas.

Tras la media hora de caminata que me lleva llegar al sitio, me lanzo a hacer —lo que ocurra primero— un kilómetro o diez minutos en la elíptica para completar el calentamiento. Si bien la máquina está colocada frente a los ventanales, el paisaje que se me ofrece mientras muevo con enjundia brazos y piernas es monótono: un estacionamiento, un tramo de azotea llena de grava, árboles podados hasta no dejarles una hoja, una calle por la que apenas pasa gente. Muy de vez en cuando, entre la música que debe ser escuchada a muchos decibeles según los cánones del ejercitarse, se cuela alguna canción que me gusta. Me restan siete minutos después de ella. Una mañana no había ningún aliciente, no había ni aire. Las gaviotas flotaban zombies allá a lo lejos, las palmeras estaban extáticas, el gato que se pasea por la barda de enfrente no aparecía, ni siquiera salía a fumar el recepcionista.  Entonces, decidí cerrar los ojos.

Me acordé de la vez que estuve en un retiro de silencio. Cinco días sin hablar con nadie, pese a estar rodeada de gente. Fue tan placentero… Pasábamos el día en meditación, haciendo yoga y practicando actividades varias bajo las instrucciones mínimas de un par de guías. Una de esas actividades, la más extraordinaria, fue correr a campo traviesa, sin emitir sonido pero ¡con los ojos vendados! El grupo había sido dividido en dos: el que corría y el que vigilaba que las corredoras no nos saliéramos del espacio acotado para ello. Estábamos en las instalaciones de un seminario católico que contaban con un terreno que daba al bosque, un terreno enorme que podíamos usar a nuestro antojo.

Yo de inmediato me moví hacia el grupo que echaría a correr. El estar muda me confería una certeza desconocida de libertad y de confianza, paradójicamente. A la señal del silbato salí con el impulso de una flecha. Noté mi temor a hacerme un esguince en el tobillo, algo a lo que soy afecta desde niña. Noté que la hierba volvía más pesados mis pasos, que leves toques de manos afectuosas me devolvían a la línea recta, que el espacio es mucho mayor cuando no se ve, que un sudor hecho de temor, asombro y alegría se anidaba en mis axilas, bajaba por mi pecho y mi espalda. Y noté el aire en contacto con mi cuerpo. Mi cuerpo hendiendo el aire, hiriéndolo. Llegué a la meta convertida en carcajada y gritos, como todas las demás.

Esa vez del gimnasio, al cerrar los ojos en la elíptica, reviví esa sensación de correr a oscuras y sin peligro.

Esta mañana hay calima de nuevo en el pueblo donde vivo. No hay manera de salir a la calle, ni siquiera a la terraza. Soy un poquito prisionera de la luz dorada y del desierto caminante. Por eso me imagino en la elíptica, imaginándome a la vez corriendo a través del verde, con el aire fresco en la cara, mientras una docena de manos me cuida.