Meditaciones (intervenidas), Libro IV, 49

Haz por semejante al peñasco batido sin cesar por las olas, permanece inmóvil y a su alrededor desmaya la efervescencia de las aguas.

“¡Infeliz de mí, dice una, porque tal cosa me aconteció!”. No, al contrario: “Dichosa yo, porque habiéndome ocurrido esto, continúo sin pena alguna, sin quebranto por lo presente ni amedrentada por lo venidero. Una semejante desgracia hubiera podido ocurrir a cualquier otra; y ésta no hubiera sabido continuar, como yo, sin apenarse”. ¿Y por qué será la adversidad un infortunio más bien que una ventura? ¿Es que llamas infortunio del ser humano lo que no se desvía de la intención de la naturaleza humana? ¿Y te parece por ventura desvío de la naturaleza humana lo que no se opone a los designios de la misma naturaleza? ¿Cómo? Conoces ya estos designios. Entonces, lo que te ocurre ¿te impide ser justa, magnánima, cuerda, sensata, prudente, leal, circunspecta, libre y que poseas las demás virtudes que, reunidas, constituyen la característica de la naturaleza humana? Acuérdate, en suma, de usar de este principio ante cualquier accidente capaz de contristarte; esta adversidad no es un infortunio, mas soportarlo noblemente es una suerte.