Meditaciones (intervenidas), Libro IV, 48

Pondera sin cesar cuántas médicas murieron, después de haber tantas veces fruncido el ceño sobre sus enfermas; cuántas astrologas que reputaban maravilla al predecir la muerte de otras; cuántas filósofas, después de miles de controversias sobre la muerte y la inmortalidad; cuántas princesas, después de ocasionar la muerte a tantos seres humanos; cuántas tiranas que, a título de una pretendida inmortalidad, han abusado con pasmosa altivez de su poder sobre las vidas humanas.  ¡Cuántas ciudades han muerto, por así decirlo, enteramente: Hélice, Pompeya, Herculano y otras sin número! Pasa revista, una tras otra, a cuántas tú misma has conocido. Ésta, después de haber prestado sus postreros servicios a aquélla, fue colocada ella misma en el lecho fúnebre por otra y a esta otra tocó también su turno. ¡Y todo esto en cuán breve tiempo! En una palabra, considera siempre las cosas humanas como efímeras y ruines; lo que era ayer un poco de humor, será mañana momia o ceniza. Esta infinita brevedad del tiempo, vívela, pues, conformándote con la naturaleza y termina tu vida con agrado; al modo que la aceituna, llegada a la sazón, cae bendiciendo a la tierra que la sostuvo y dando gracias al árbol que le dio savia.