Meditaciones (intervenidas), Libro IV, 39

Ningún mal puede sucederte que provenga de un principio rector ajeno, como tampoco de una alteración o transformación de tu ambiente. ¿De dónde penderá, entonces? De aquella aprensión de los males que en ti misma tienes. Desecha, pues, esta opinión, y todas las cosas te irán bien. Hasta si tu cuerpo, el vecino más allegado al alma, fuere sajado, quemado, invadido por la pus o la gangrena; a pesar de todo, aquella tu parte, persevere tranquila, quiero decir, persuádase que no es ni bueno ni malo lo que puede ocurrir a la persona mala o a la buena: que lo que sobreviene tanto a la que vive contra la naturaleza como a la que vive según ella, esto no está, sin duda, ni de acuerdo ni en desacuerdo con la misma naturaleza.