Meditaciones (intervenidas), Libro IV, 33

Las palabras otrora corrientes no son hoy más que términos del diccionario. De la misma suerte, los nombres de los héroes más celebrados en otros tiempos no son, en cierto sentido, más que vocablos caducados: tales son Camilo, Cesón, Voleso, Leonato; dentro de poco, Escipión y Catón; luego, augusto, Adriano, Antonino. Todo pasa, y presto no es más que un nombre fabuloso; pronto lo sepulta el más completo olvido. Y me refiero de los que en cierto modo han despedido alguna maravillosa lumbre; porque los otros, desde su último aliento, son desconocidos y silenciados.

¿Y qué es, en sustancia, el recuerdo inmortal? Solo el vacío. ¿A qué cosa, pues, mujer, aplicar las propias solicitudes? A esto, únicamente: a pensamientos rectos, a una conducta enderezada al bien común, a un lenguaje incapaz de engañar nunca a nadie, a una buena disposición de ánimo en abrazar todo lo que aconteciere, como necesario, como cosa sabida, derivada del mismo principio y de la misma fuente.