Meditaciones (intervenidas), Libro IV, 32

Ponte a pensar, por ejemplo, en los tiempos de Vespasiano. Verás lo que hoy: gentes que se casan, forman una familia, enferman, mueren; guerrean, celebran fiestas, trafican, cultivan la tierra, adulan, se ensoberbecen, recelan, intrigan, desean que otras mueran, refunfuñan contra el presente, andan enamoradas, atesoran, ambicionan el consulado, el imperio. Pues bien, toda esta generación ya desapareció.

Pasa, ahora, a la época de Trajano. ¡Repítense los mismos afanes, y desaparece asimismo esta generación! Considera también y mira las características de otras épocas y pueblos enteros: ¡cuántas mujeres, después de haberse afanado, cayeron muy en breve y se desintegraron sus elementos!

Particularmente conviene que hagas memoria de aquellas que tú misma has conocido, cuando se afanaban inútilmente y olvidaban hacer lo que se conformaba su propio estado, perseverando invariablemente y satisfaciéndose en ello. Conviene, del mismo modo, recordar que el esmero aplicado a cada acción en particular deber corresponder al valor propio y a la justa proporción de la misma. De esta guisa, no te descorazonarás, a menos que te hayas entretenido en nimiedades más de lo que convenía.