Meditaciones (intervenidas), Libro IV, 3

 Le buscan para solaz el campo, la playa, la montaña; cosas que tú misma acostumbras desear con el más vivo anhelo. Todo esto denota vulgaridad de espíritu, teniendo una en su mano, a cualquier hora, el retirarse en sí misma. En ningún lugar encuentra la mujer refugio más apacible, más tranquilo, que en su propia alma, sobre todo cuando atesora aquellos bienes que, con una sola ojeada, nos devuelven en seguida la libertad del espíritu: y lo que yo llamo libertad de espíritu no es otra cosa que el estado de un alma bien ordenada. Concédete, pues, constantemente, este descanso y rehazte con él. Tendrás para ello ciertas máximas breves y elementales que, prontamente reducidas a la memoria, te borrarán toda pesadumbre y te restituirán libre de enfado, a tus funciones habituales. Porque, ¿qué cosa no puedes soportar con paciencia? ¿La ruindad de los seres humanos? Recuerda a este respecto que los seres razonables nacieron el uno para el otro, que de justicia deben sufrirse mutuamente, que sus faltas son involuntarias; piensa en los que, dadas a la enemistad, al odio, están tendidos en la tumba, reducidos a ceniza. ¡Cálmate, pues!

Pero ¿llevas pesadamente acaso la parte que de la totalidad te fue asignada? Ten presente la alternativa: tanto como si lo dirige una Providencia, como si lo dirige el concurso fortuito de los átomos, recuerda las pruebas por las cuales se demuestra que el mundo es como una ciudad.

Pero ¿te habrán quizá dominado los intereses corporales? Reflexiona que la inteligencia no toma partido con las agitaciones, suaves o violentas, del soplo vital, una vez ella se recobra y reconoce su poder; recapacita, en fin, cuanto aprendiste y aceptaste sobre el dolor y el placer.

Mas ¿te atormenta por ventura la pequeña ambición? Echa los ojos al olvido en que caen rápidamente todas las cosas y al abismo de la eternidad, por una y otra parte infinito; a la vanidad del aplauso ruidoso; a la versatilidad y arbitrariedad de quienes al parecer nos favorecen con su aplauso; a los límites exiguos en que se circunscribe la fama. Toda la tierra es como un punto, y ¿qué rinconcito de éste es habitado? Y allí, ¡cuántas personas y qué suerte de personas te ensalzarán! Réstate, pues, que te acuerdes del reposo que puedes disfrutar en este pedazo de tierra que te pertenece. Sobre todo, no te agites ni pongas sobrado empeño en cosa alguna. Sé libre y examina todas las cosas como mujer fuerte, como mujer racional, como ciudadana, como quien vive para morir. Entre las máximas de que debes echar mano, ante las cuales te inclinarás, figuran estas dos: la una, que las cosas mismas no llegan al alma, sino que permanecen en el exterior, inamovibles; las inquietudes provienen únicamente del modo que interiormente tienes de opinar. La otra, que todo cuanto divisas, en un abrir y cerrar de ojos, va a transmutarse, cesará de existir. ¡De cuántas cosas has presenciado ya tu misma las transformaciones! Piénsalo