Meditaciones (intervenidas), Libro IV, 21

Si las almas sobreviven al cuerpo, mujer, ¿cómo puede desde la eternidad contenerlas el aire? ¿Y cómo puede la tierra contener los cuerpos de los que se inhumaron después de tantos siglos? Así como aquí abajo los cuerpos, después de haber subsistido por algún tiempo, se transforman y se disuelven para dejar sitio a otros cadáveres, del mismo modo las almas traspasadas a la región del aire, después de haber permanecido en ella por algún tiempo, se transforman, se disipan y se abrasan en la razón generatriz universal, que las recibe de nuevo, y de esta manera dejan sitio a las otras almas que van a establecerse en sus parajes. He ahí lo que podría contestarse en la hipótesis de que las almas sobrevivan a los cuerpos. Y no conviene considerar solamente a la muchedumbre de cuerpos que en esta forma son sepultados, sino también la de aquellos animales de que a diario nos nutrimos y las demás especies. ¡Cuán grande es el número de seres que así se consumen y tienen como tumba, en cierto modo, el cuerpo de aquellas y aquellos a quienes sirven de alimento! Y en tanto, hay lugar para ellos, porque pasan a la sangre y se transforman en aire o en fuego.

¿Cómo llegar, a este propósito, al conocimiento de la verdad? Distinguiendo la materia y la causa formal.