Meditaciones (intervenidas), Libro IV, 19 y 20

19

La que anda alucinada por la gloria póstuma, no se imagina que cada persona de las que se acuerden de ella morirá también muy en breve; después, a su vez, morirá quien la reemplace, hasta que todo su recuerdo se haya extinguido, pasando de una a la otra, como luces que se encienden y se apagan. Demos empero que sean inmortales las que se acordaren de ti, inmortal tu memoria; ¿qué parte tendrás tú en ello, hermana? No digo que a la muerta de nada le sirva; pero a la viviente, ¿de qué le sirven las alabanzas, si no se tiene la mira en alguna utilidad de gobierno? Abandona, pues, ahora como intempestivo este afán que te priva de cuidar tus dotes naturales, pendiente como estás de la opinión ajena.

20

Por lo demás, hermana, todo lo honesto de alguna manera es honesto en sí mismo, encierra en sí su bondad, sin tener la alabanza como parte integrante de su ser. El objeto que una alaba no se hace, pues, ni mejor ni peor. Esto mismo digo de aquellas cosas que son estimadas como bienes, como los objetos materiales y los productos de la industria. Lo que fuere naturalmente bueno, ¿qué otra cosa necesita, como no la necesita la ley, la verdad, la benevolencia, el pudor? ¿Cuál de estas virtudes es buena por el hecho de ser alabada, o cual, por ser criticada, se deteriora? ¿Pierde valor la esmeralda porque no se la elogia? ¿Y el oro, el marfil, la púrpura, la lira, la espada, la florecilla, el árbol?