Meditaciones (intervenidas), Libro III, 8

En la inteligencia de la mujer que se ha corregido y acrisolado, nada podría encontrarse infeccioso, manchado ni purulento. su vida no está por llegar al término de la perfección, cuando se la arrebata el destino, como se diría de la actriz trágica que se retirara sin haber terminado el papel hasta el desenlace. Además, nada hay servil en ella, ni afectado ni excesivamente postizo o disociado, nada sujeto a cuentas, ni encubierto.