Meditaciones (intervenidas), Libro III, 7

Nunca juzgues útil para ti misma lo que tal vez te obligue algún día a quebrantar la palabrada dada, a renunciar al pudor, a odiar; recelar, imprecar, disimular, desear lo que sólo puede hacerse a puertas cerradas y tras las cortinas. La mujer que a todo antepusiere su inteligencia, su genio interior y los misterios del culto debido a la gloria de éste, esa mujer no representará una tragedia, no se entregará al llanto, prescindirá de la soledad como de la muchedumbre; y, lo que es más, vivirá sin aprestarse y sin huir de la muerte. No se inquietará por gozar, durante un intervalo más o menos largo de tiempo, de este soplo que rodea su cuerpo. Que, aunque conviniere desprenderse de él al mismo punto, marchará tan ágilmente como haría cualquiera otra de las funciones de la vida moderada y decorosamente. La sola cosa que procura durante toda su vida es preservar su inteligencia de una deformación contraria a la naturaleza de un ser inteligente y sociable.