Meditaciones (intervenidas) Libro III, 6

Si hallares en el discurso de la vida humana un bien superior a la justicia, a la sinceridad, a la cordura, al valor y, para decirlo de una vez, al bien de una inteligencia complacida en sí misma, en tanto conforma tu conducta con la recta razón, y satisfecha de su destino, por lo que toca a las cosas espontáneamente repartidas al azar; si hallares, digo un bien de mejor condición, abrazándolo con toda el alma, disfruta enhorabuena de este bien supremo que descubras. Pero si no descubres cosa alguna más excelente que este numen que en ti ha establecido su morada, que tiene a raya los instintos personales, que vigila las ideas, que se desprende, como decía Sócrates, de los halagos de los sentidos, que se subordina a las diosas y tiene cuenta con la utilidad de tus prójimas/os; si hallares que toda otra cosa, frente a ella, es mezquina y sin valor, no des cabida en ti a otro afán, puesto que una vez te hubieres rendido e inclinado hacia éste, no podrías sin marcada violencia dar el primer lugar a aquel bien supremo, propiamente tuyo. No es conforme a justicia, en efecto que se oponga al bien propio de la razón y de la sociedad nada que sea extraño a su naturaleza, como el aplauso de la turba, el poder, la riqueza, el goce de los placeres. Todas estas cosas, aunque parezcan momentáneamente convenientes a la naturaleza, en enseñorean luego de nosotras y nos arrastran a la deriva. Tú, repito, escoge de buena fe y libremente lo mejor y afírmate en ello.

–Pero lo mejor es lo útil.

Si se trata de tu utilidad como ser razonable, pugna por mantenerte en ella. Pero si no atañe más que a tu apetito, manifiéstalo y, sin orgullo, conserva un juicio recto. Procura sencillamente hacer sin tropiezos este examen interior.