Meditaciones (intervenidas), Libro III, 4

No malogres la parte de vida que te queda en averiguar vidas ajenas, a no ser que te propongas algún fin útil a la comunidad. Te privas ciertamente de cumplir tu deber al revolver en tu imaginación lo que hace fulana y por qué lo hace, qué dice, qué piensa, qué trama, y otras ocupaciones de esta índole que te distraen de la consideración de tu facultad rectora. Conviene, pues, no ensartar en la cadena de nuestros pensamiento lo que es temerario y vano y, más especialmente, lo fútil y lo malvado. Hay que avezarse, además, de tener sólo ideas tales que si alguien de repente te preguntare, bruscamente: “¿En qué piensas ahora?”, pudieras responder al instante, con toda franqueza: “en esto” o “en aquello”. Se dejará ver entonces, pronto y evidente, que todo lo tuyo es simple, bondadoso, digno de un ser sociable e indiferente a los placeres y, en su conjunto, a las ideas de una vida voluptuosa; un ser que no abriga envidia, celos, desconfianza u otra pasión por la cual le fuera preciso avergonzarse al manifestar que la posee tu ánimo.

La mujer que se muestra tal y que, sin más pruebas, pretende ser reputada ya por mujer perfecta, viene a ser como una sacerdotisa y ministra de sí misma, consagrada al culto del numen que mora en su interior; y esto conserva a la mujer como atleta en la lucha más gloriosa, la que resiste al ataque de toda pasión, impregnada, hasta lo más hondo, de justicia, encariñada de todo su corazón con los acontecimientos y con cuanto integra su ser, rara vez entrometida, y nunca sin necesidad absoluta y utilidad común, en lo que pueda otra decir, hacer o pensar. No pone en práctica más que su tarea estricta y piensa sin cesar en la parte que le cabe en el repartimiento de destinos en el universo: y así cumple, en lo uno, con su deber y se persuada, en lo otro, que son buenas las disposiciones. Pues el destino otorgado a cada una está involucrado en el conjunto delas cosas, al mismo tiempo que las involucra ella misma. Tiene ella también presente que todos los seres razonables participan de un común parentesco, que es conforme a la naturaleza humana el preocuparse por todos los seres humanos, pero de modo que no se acoja una al aplauso del vulgo, sino únicamente al de aquellas personas que viven de acuerdo con las leyes de la naturaleza. Respecto de las que viven dispersamente, no deja de traer al pensamiento cómo se comportan en casa y fuera de ella, de noche y de día, y con quiénes se mezclan; no para mientes, pues, en la aprobación que pueda venir de tales personas, que ni de sí mismas están satisfechas.