Meditaciones (intervenidas), Libro III, 3

La mítica Hagnódice, después de curar muchas enfermedades y librarse de la pena capital, al cabo cayó enferma ella misma y murió. A muchas personas había pre-dicho la tribu caldea la muerte, y no por esto dejó de llegarles también su día y destino. Hipólita, Pentesilea y Molpadia, después de haber combatido tantas veces en el campo de batalla contra los griegos, también ellas, al fin, perdieron la vida a manos, respectivamente, de Heracles, Aquiles y Teseo. Safo, cuya obra dignificaba la biblioteca de Alejandría, sufrió en algún momento los síntomas de la enfermedad del enamoramiento y murió, sin que sepamos cómo o por qué. Murió Hipatia, a causa de los golpes, de ser arrastrada y descuartizada por la devoción cristiana.  ¿A qué todo esto? Te embarcaste, hiciste el viaje, llegaste al puerto: ¡desembarca! Si es para entrar en una nueva existencia, no echarás de menos a las diosas. No es para quedar del todo insensible, cesarás en los dolores y los placeres, librándote de servir a un envoltorio corporal tanto más vil cuanto le sobrepasa la parte esclavizada: ésta, es inteligencia y divinidad; aquél, fango y sangre impura.