Meditaciones (intervenidas), Libro III, 2

Libro III, 2

Ni dejan, además, de ser dignas de consideración verdades como ésta: hasta aquellas cosas que se sobreponen a las obras naturales tienen siempre un no sé qué de gracia y atractivo peculiar. Así, el pan que se cuece, se agrieta en determinados lugares: y las hendiduras así formadas, contrarias a lo que prometía el arte de la panadería ofrecen un cierto placer y excitan por modo particular el apetito. Del mismo modo, los higos, en plena sazón, se entreabren, y las aceitunas, reventadas de maduras, próximas a la corrupción, añaden al fruto una belleza especial. Igualmente, las espigas que se doblan hacia la tierra, los pliegues que surcan la frente de la leona, la espuma que mana del hocico de una jabalí, y muchas otras cosas, miradas en sí mismas, no ofrecen ninguna hermosura a la vista, pero por ser añadiduras que acompañan a las obras de la naturaleza, contribuyen a su embellecimiento y atractivo.

De igual modo, si está la mujer dotada de sensibilidad y de inteligencia, y es capaz de fijar altamente la consideración en cuanto pasa en el mundo, no encontrará acaso nada, ni aun en lo que acontece como adición natural, que no suponga una gracia característica. No se complacerá menos al ver en las realidad las fauces abiertas de las fieras, que en cuantas imitaciones nos presentan la escultura y la pintura. Con sus ojos perspicaces podrá hasta descubrir cierta madurez y sazón en cualquier persona, como cierto hechizo en los y las niñas. Otros muchos casos análogos se encontrarán, no del gusto de todas, mas sí de la mujer que se ha hecho verdaderamente familiar de la naturaleza y sus obras.