Meditaciones (intervenidas), Libro III, 11

A los avisos susodichos agréguese aún otro: fijar y describir siempre el objeto cuya imagen se presenta al espíritu, de suerte que se le vea lúcidamente, tal como es por naturaleza, desnudo, uno bajo diversos aspectos; y decirse a sí misma su nombre y los nombres de los elementos que lo forman y en los cuales se desintegrará. Nada, en efecto, contribuye a la grandeza del ánimo como poder comprobar con orden y exactitud cada uno de los objetos que se presentan en la vida, y verlos siempre en tal conformidad, que se conozca al mismo tiempo a qué clase de universo aporta cada uno utilidad, y cuál, qué valor tiene en relación con la colectividad, y cuál respecto a la mujer, siendo ésta ciudadana de la más excelsa de las ciudades, junto a la cual esas otras ciudades de acá son como simples casas; qué es y de qué principios se compone, y cuánto tiempo debe naturalmente durar este objeto que ahora me configura la imaginación, y qué virtud necesito para hacerme con él, sea la mansedumbre, el valor, la sinceridad, la buena fe, la sencillez, la suficiencia u otras.

Por lo mismo, conviene decir en cada acontecimiento particular: esto procede de la mano de Dios; aquello, del enlace y tupida trama de los hechos, y del encuentro producido por tal coincidencia o por el acaso de la fortuna; esotro, proviene de un ser de mi mismo linaje, familiar o colega mía, que ignora lo que le corresponde según los derechos de la naturaleza. Yo, en cambio, no lo ignoro: por esto le trataré según la ley natural de la colaboración común, con benevolencia y justicia; si bien, al mismo tiempo, no perderé de vista en estas cosas indiferentes de la vida el grado correspondiente de su valor.