Meditaciones (intervenidas), Libro II, 2.

Todo mi ser se reduce a esto: la carne, el espíritu, la facultad rectora. Me entrego, pues, a los libros, no me distraigo más tiempo: esto no me es lícito; pero, pensando que soy mortal, desprecio la carne: ella no es más que fango, sangre, huesos, un manojo de nervios, una red de venas y arterias. Miro lo que viene a ser mi espíritu: viento, y no siempre el mismo, que a cada instante lo expelo para aspirarlo de nuevo. Queda, pues, en tercer lugar, la recta razón. Hago así la cuenta: soy mujer; no permitiré que se esclavice mi razón, se agite, como títere movida por hilos, a merced de instintos egoístas, sea irritada contra el destino presente, o que tema el futuro.