Meditaciones (intervenidas), Libro II, 14

Aunque debieras vivir tres mil años y aun diez veces otros tantos, acuérdate siempre que no se pierde otra vida que la que se vive y que solo se vive la que se pierde. Así la más larga vida y la más corta vienen a reducirse a lo mismo. El momento presente que se vive es igual para todas; el que se pierde, lo es también, y este que se pierde llega a parecernos indivisible. Y es que no se pierden el pasado ni el futuro; pues lo que no poseemos, ¿cómo podría arrebatársenos?

Conviene tener siempre en la mente estas dos cosas: la una, que todo, desde una eternidad, se presenta con un mismo semblante y gira en la misma órbita, de modo que poco importa contemplar el mismo espectáculo cien o doscientos años, o un tiempo ilimitado; la otra, que la anciana y la que muere prematuramente experimentan la misma pérdida, puesto que sólo se nos priva del presente, que es lo único que poseemos, visto que no se puede perder lo que no se posee.