Meditaciones (intervenidas) Libro II, 13

Nada más infeliz que la mujer que lo inquiere todo girando de aquí para allá, que escruta, como dice el poeta, “las profundidades de la tierra”, que indaga por conjeturas lo que acontece en el alma ajena, sin acabar de entender que le bastaría sólo aplicarse a la diosa que habita en su interior y venerarla como es debido. Este culto consiste en conservarse pura de pasiones; de temeridad y de disgusto por aquello que procede de las diosas y de las mujeres. Porque lo que viene de las diosas es digno de respeto, por ser obra de sí virtuosa; y lo que viene de las mujeres nos es caro a causa del parentesco, si bien a veces no deja de ser, en cierto sentido, objeto de compasión, por su ignorancia del bien y del mal, ceguera no menor que la que nos impide poder discernir lo blanco de lo negro.