Meditaciones (intervenidas), Libro II, 12

¡Con cuánta velocidad se pasa todo: en el mundo, los cuerpos, y en la posteridad, su memoria! ¡De qué condición son todos los objetos sensibles y, con particularidad, lo que nos halaga por el placer o nos espanta por el dolor o resuena, por la vanidad, a todos los vientos! ¡Cómo aparece todo vil, despreciable, basto, destructible, muerto, a las mentes capaces de percibirlo! ¿Qué son aquellos de cuyo modo de opinar y hablar depende la reputación? ¿Qué es la muerte? Qué, si se la mira aisladamente y se abstraen, por análisis de los conceptos, los fantasmas que la imaginación abulta, no se verá en ella más que un efecto de la naturaleza. Ahora bien: es evidentemente pueril temer los efectos de la naturaleza. Y no solo la muerte es efecto de la naturaleza, sino aún conveniencia de la misma. ¿Cómo se une la mujer con Dios y por qué parte de sí misma, y, sobre todo, cómo está dispuesta esta parte de la mujer?

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