Meditaciones (intervenidas), Libro II, 11

Conforma siempre tus acciones, palabras y pensamientos a la idea de que puedes salir a cada instante de la vida; por más que, si hay diosas, despedirse de las mujeres nada quiere decir, pues estas no sabrían hundirte en la desgracia. Y si no las hay, o bien si no se cuidan de las cosas humanas ¿a qué vivir en un mundo vacío de diosas o fato de providencia? Pero la verdad es que ellas existen y miran por las cosas humanas y, a fin de que no venga la mujer a incurrir en los verdaderos males, es a ella misma a quien han conferido plena autoridad. Si algo, fuera de estos males, nos fuera nocivo, hubiésense ellas desvelado para que cada una de nosotras pudiera preservarse de ello.

Pero, lo que no empeora a la mujer, ¿cómo podría empeorarle la vida? La naturaleza universal no hubiera dejado de proveer para este mal ni por ignorancia ni de propósito, como sin arbitrio para precaverlo o corregirlo; ni por impotencia ni por incapacidad hubiera cometido ella el grave delito de repartir los bienes en la misma medida que los males, a las buenas y a las malas mujeres, indistintamente. Pero la muerte y la vida, la gloria y la oscuridad, el dolor y el placer, la riqueza y la pobreza, todo está repartido en la misma medida, a las mujeres buenas y a las malas, sin ser por ello ni cosas honestas ni torpes; luego, en rigor, no son ni bienes ni males verdaderos.

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