Meditaciones (intervenidas), Libro II, 10

El paisano de Safo, Teofrasto, como filósofo ha juzgado cuando en aquella comparación que hacía de las faltas entre sí, afirma –como haría cualquiera que comparase, regida por el sentido común– que las faltas cometidas por concupiscencia son más graves que las cometidas por ira. En efecto, la mujer montada en cólera experimenta cierta pena y una secreta angustia de corazón, al desviarse de la razón. Pero la que peca por concupiscencia, vencida por el deleite, aparenta una cierta debilidad y amasculinamiento al incurrir en estas faltas. Teofrasto –de cuya madre no se tiene noticia alguna– sostiene que los desórdenes cometidos por placer son más censurables que los cometidos con dolor. Ciertamente, en el último caso, la culpable parece ser la una mujer provocada por la justicia y forzada a inflamarse en cólera; en el primer caso, por el contrario, es ella misma quien ha decidido ser injusta, arrastrada a obrar así por el capricho de la concupiscencia.