Meditaciones (intervenidas), Libro I, 8

Debo a Apolonio la independencia de espíritu; la decisión sin perplejidades; el no dejarme regir, ni aun en las cosas mínimas, por otros principios que por la razón; que es lógico no permanecer siempre igual, en los dolores más agudos, en la muerte de una hija, en las largas enfermedades; haber visto con claridad, ante su evidente ejemplaridad, que se puede juntar la mayor energía a la dulzura; ningún desabrimiento a lo largo de las lecciones; haber visto a un hombre que no alardeaba, sorpresivamente, de sus experiencia y destreza en transmitir la doctrina; haber aprendido cómo hay que aceptar las finezas de las amistades, sin dejarse esclavizar por ellas y sin rechazarlas toscamente.