Meditaciones (intervenidas), Libro I, 17

Debo a diosas y dioses el haber tenido buena abuela, buen abuelo, buena madre, buenos padres, un buen hermano; buenas maestras y maestros, buenos familiares, parientes y amistades casi todas buenas; el no haber faltado en nada a mi deber con ninguna de estas personas, aun cuando, debido a mi carácter, hubiera podido, dada la ocasión, hacerlo; es, pues, un beneficio de las diosas y los dioses el no haberse producido un concurso de circunstancias capaces de hacerme hoy avergonzar; no haber sido educada largo tiempo en casa de la concubina de mi abuelo; haber conservado sin mancillar la flor de mi juventud; no haber usado de una prematura femineidad; más aún, haber traspasado el tiempo oportuno; haberme supeditado a una princesa, mi madre, que debía destruir en mí toda vanidad y hacerme comprender que se puede vivir en la corte sin tener necesidad de una guardia persona, de vestidos lujosos, de lámparas, de estatuas y otras cosas parejas y de tal pompa; y que, por el contrario, cabe muy bien ceñirse casi a la condición de una simple particular, sin proceder por ello indigna o negligentemente con relación a los deberes que impone la soberanía del estado; haberme cabido en suerte una hermana, capaz por su carácter de incitarme al cuidado de mí misma y aque, al mismo tiempo, me encantaba con su trato y su cariño; haber tenido hijas e hijos, ni ineptud ni contrahechuras; haber avanzado en la retórica, en la poesía y en los otros estudios que acaso no me habrían absorbido, si yo hubiese observado que no adelantaba en ello; haberme anticipado a los deseos de mis maestras, colocándolas en el grado de dignidad que me parecía deseaban, sin abandonarme a la esperanza de poder más tarde, dada su joven edad, efectuar mi deseo; haber conocido la geometría, la astronomía y la política; haberme representado claramente y a menudo, el sistema de una vida conforme a la naturaleza, de suerte que, en cuanto concierte a diosas y dioses, a sus comunicaciones, socorros e inspiraciones, nada me impedía, desde entonces, vivir acorde con la naturaleza; y, si aún estoy lejos de ellos, es por mi culpa y por haber desatendido las advertencias, mejor aún, las lecciones, de las diosas y los dioses; la resistencia indefectible de mi cuerpo a tal género de vida; no haber estado en contacto, ni con Benedicta ni con Teodoto; y más tarde, acosada por las luchas amorosas, haber jurado; aunque enojado a menudo contra Rústico, no haber hecho nada de que deba arrepentirme; el que mi madre, destinada a morir jove, pasó a lo menos cerca de mí sus postreros años; que, cuantas veces quise socorrer a una mujer indigente o que tenía por otra razón necesidad de ayuda, nunca oí que no hubiera dinero disponible; y no haber experimentado yo misma la necesidad del socorro ajeno; haber tenido un tal consorte, tan obediente, tan apasionado, y tan sencillo; haber tendio en abundancia maestras capacitadas para mis hijas e hijos; haber recibido, entre sueños, la revelación de diversos remedios, y especialmente para mis vómitos de sangre y mis vahídos de cabeza, y una especie de oráculo, a este propósito, en Gaeta; el no haber caído, cuando empecé a gustar la filosofía en manos de una sofista, ni haberme dedicado al análisis de autores, o a resolver silogismos o perder el tiempo en la física celeste.

Toda estas gracias provenen necesariamente de las diosas benéficas y de la fortuna.