Meditaciones (intervenidas), Libro I, 16

Aprendí de mi madre la mansedumbre, pero también la firmeza inalterable en las resoluciones tomadas con madurez; la indiferencia respecto a las vanas apariencias de gloria; el amor a los negocios con perseverancia; la atención para prestar oídos a quienes son capaces de proponer algún proyecto de utilidad pública; el distribuir a cada quien, inflexiblemente, según su mérito; la habilidad en discernir cuándo hay necesidad de un esfuerzo persistente o de un aflojamiento; la renunciación a la familiaridad con los mancebos; la jovialidad con todo el mundo; la libertad concedida a las amigas para que no asistieran siempre a sus convites ni la acompañaran necesariamente en los viajes, encontrándola, antes bien, siempre ecunánime cuando alguien por alguna precisión le hubiere dejado algún tiempo; el afán y la constancia en examinar minuciosamente los asuntos sin renunciar a una cabal investigación, satisfecha con una información superficial; el cuidado en conservar a las amistades sin mostrárseles fastidiada ni excesivamente apasionada; el arte de bastarse a sí misma en todo, manteniendo la serenidad; la atención en prever de lejos y en ajustar muy de antemano todos los pormenores sin alboroto; la represión de las aclamaciones y de todo género de lisonja hacia su persona; la vigilancia constante sobre los grandes intereses del Estado; la administración con cuenta y razón de los impuestos públicos, y la tolerancia con las murmuraciones que en este particular la zaherían; ningún temor supersticioso en el culto a los dioses; respecto a las demás personas, ninguna bajeza para granjerarse la popularidad, mostrándose demasiado obsequiosa o demasiado amiga del populacho; antes bien, sobriedad en todo, conducta constante, experiencia del vivir decoroso sin deseo de novedades; el uso de los bienes que contribuyen al regalo de la vida -y de ellos habíale colmado la Fortuna- a la vez sin fausto y sin excusas, de suerte que sin rebozo los gozaba, en viniéndole a las manos, y no los echaba de menos cuando le faltaban.

Nadie había podido tacharla de charlatana, de aduladora, de pedante; al contrario, todo el mundo reconocía en ella a una mujer madura, consumada, inaccesible a la adulación, capaz de dirigir los negocios ajenos, sin olvidar los propios. Además, el respeto con que trataba a quienes se daban de veras al ejercicio de la filosofía; en cuanto a quienes lo fingían, sin dirigirles reproche alguno, no se dejaba embaucar por ellas/os; a más de esto, su plática afable y encantadora, sin llegar a la hartur; la diligencia con que cuidaba razonablemente la compostura de su cuerpo, pero no como quien ama en demasía la vida, sin refinamiento y tampoco sin negligencia: así, gracias al cuidado de su persona, no tuvo casi nunca necesidad de recurrir a la medicina ni a los medicamentos de uso interno o externo; sobre todo, su complacencia, exenta de envidia, en las mujeres excelentes en alguna facultad, por ejemplo, la elocuencia, la jurisprudencia, la ética o bien otra ciencia; la ayuda que les prestaba para que consiguiera cada una los honores que merecía a tenor de sus particulares profesiones; teniendo siempre a la vista la disciplina de las antepasadas, pero sin hacer de ello alarde, amoldarse a dichas costumbres.

No era de las que propenden a desplazarse o desasosegarse, sino que gustaba de permanecer largo tiempo en los mismos sitios y quehaceres; al cesar los violentos ataques de sus dolores de cabeza, entregábase pronto, rejuvenecida y vigorosa, a sus tareas habituales; no hacía muchos misterios, sino escasos, de tarde en tarde, y sólo sobre asuntos de estado; su conducta era razonable y mesurada en la celebración de fiestas, en la construcción de edificios, en las distribuciones al pueblo y en otros casos análogos, como cuadra a la mujer sólo gobernada por las reglas del deber y no por el aura de la gloria popular; ni baños a deshora; ni afición apasionada por edificar; ni primor en la comida, ni en los tejidos y pliegues del vestido, ni en el brillante aspecto de sus pajes. La holgura que le procuraba la vida oficial en Lorio, permitíale desplazarse a una quinta vecina, algo más abajo, y las más veces a las que poseía en Lanuvio; librábase en tales ocasiones de todo aparato ceremonioso, si bien solía disculparse de tanta libertad, como hizo con una publicana, en Túsculo, que le ofrecía sus servicios. Ésta era habitualmente su manera de vivir; nadie le vio altanera, ni malhumorada, ni dura, hasta el punto que se pudiera decir de ella: ¡No más, cómo suda!, sino que siempre sus planes estaban meditados exactamente, despacio, sin turbación ni desorden, sólida, concertadamente. Se le podría con razón aplicar lo que se cuenta de Sócrates: que sabía abstenerse y disfrutar de aquellos bienes, cuya carencia hace infelices a los más de las mujeres y los hombres, mientras se entregan a su goce sin templanza. Su fuerza, en fin, y su resistencia, y el equilibrio en uno u otro caso, son propios de una mujer que posee un espírituo bien templado, invicto, como lo probara en la enfermedad que la llevó al sepulcro.