Meditaciones (intervenidas), Libro I, 15

Aprendí de Máximo el señorío de sí misma, sin dejarse arrastrar por las ocasiones; buen ánimo en todas las coyunturas, aun durante las enfermedades; la moderación de caracter, dulce y grave, el cumplimiento sin esfuerzo de cuantas tareas escogidas se tienen a cargo; el que todo mundo confiara que así sentía como decía, y que cuando obraba, lo hacía sin fin torcido; nada de asombro ni temor; nunca precipitación ni perplejidad, ni incertidumbre ni abatimiento, ni medias sonrisas, seguidas de arrebatos de ira o desconfianza; la beneficencia, la facilidad en perdonar, la sinceridad; dar la sensación de mujer firme más bien que enderezada. Ninguna puede imaginarse que Máximo la aventajara ni admitir que nadie le fuera superior; en fin, su urbanidad y cortesía.