María Elodia Terrés

María Elodia Terrés, Seis cuentos

Durante mi estancia veraniega de este año en Tlaxcala tuve que hacer cierta investigación documental en su Biblioteca Pública Central «Miguel N. Lira. Por la índole del asunto de mi interés fui conducida a la sala del fondo especial, donde se encuentra todo lo relativo a ese bello estado de la República. El acervo de ese sitio reservado no suele ser visitado por el alumnado que pulula habitualmente por el lugar, por lo que cada una de las veces que acudí a esa sala, fuera de la compañía de la persona encargada en turno, la disfruté a solas. Eso me permitió recorrerla y acceder a libros que, aunque escapaban a mi tarea del momento, me despertaban la curiosidad, tales como el Diccionario autobiográfico de conquistadores y pobladores de Nueva España, de Francisco de Icaza, editado en 1923, donde busqué a ver si había algún Gómez, que ninguna información sobra a la hora de las constelaciones familiares. Revisé actas de juicios a próceres de la patria de la época independentista y me regodeé en lo intricado de sus firmas y su manera de explicar los hechos. Me topé con una obra monstruosa, la de la española María del Pilar Sinues: la octava edición de su El ángel del hogar. Estudio, fechada en 1904.

De entre los hallazgos de esas mañanas luminosas entre estanterías repletas, sobresale el de Seis cuentos, de María Elodia Térres, en su primera ­—y única— edición de 1950 a cargo de la defeña Editorial Stylo. Estar en contacto con primeras ediciones de cualquier texto, y más si ya cuentan con sus años, me produce algo como cosquillas en mi interior. Pues ahí estaba yo, con un libro de esta índole, llevándolo con delicadeza a la mesa de trabajo, abriéndolo con deleite. Hay una cantidad enorme de escritoras mexicanas que se desconocen debido a que su obra ha permanecido oculta, tanto por su condición de ser escrita por mano femenina como porque los canales de distribución no suelen estar a la altura de las circunstancias en ciertas ocasiones, como veremos que es el caso. Se trataba de un libro de 254 páginas con pasta blanda y edición rústica. Tanto la cubierta como la portada incluyen los títulos de las narraciones que lo componen: “Manicomio”, “Drama escolar”, “Burocracia”, “Una directora”, “Parientes”, “Dos agradecidos”. Estos rótulos componen un relato en sí y permiten atisbar el contenido general.

            El libro abre, como es de esperarse, con ese texto que Nieves Baranda Leturio (2005) denomina contienda con el mundo, esto es, la aclaración de porqué una autora lleva adelante la obra, es donde ofrece “argumentos que contienden, implícita o explícitamente, con los que ha oído y a los que ha tenido que responder para sacar adelante su propósito” (2005: 127).  

En el caso de Terrés, su contienda es por demás evidente, pues a su justificación la titula “Aviso”. Me permito transcribirla íntegra porque es de suma riqueza informativa.

Lector amigo:

Los personajes de estos cuentos no son los que tú crees.

Son fantoches que vinieron a mi imaginación durante las semanas de mi convalecencia. A veces me visitaban aislados y otras en tropel moviéndose sin orden ni concierto en zarabanda grotesca.

Yo me entretuve en desenredar la maraña de los hilos que movían sus cabezas y sus miembros y que los hacía bailotear en horrenda confusión, y traté de ir colocándolos en escenarios que pretendían ser burdo remedo del ajetreo de nuestra vida actual, sin más propósito que aminorar el ocio de esos largos y tediosos días de completa inacción.

María Elodia Terrés estuvo enferma, gravemente enferma, por lo que se deduce. Hospitalizada, inmovilizada, ¿con fiebre, ¿con alucinaciones? ¿Tuvo un accidente, un episodio psicótico? No lo sé. Apenas se sabe de ella. La Enciclopedia de la Literatura en México solo indica que fue “profesora, investigadora y narradora mexicana. Autora de un solo libro”.

            La especialista en recuperación de nombres y cuentos, Liliana Pedroza, la incluye en su A golpe de linterna. Más de 100 años de cuento mexicano (2020, Monterrey: Atrasalante), pero no tengo acceso a él, por lo que no sé más de mi ya apreciada María Elodia.

            El ejemplar de sus Seis cuentos en la Biblioteca de Tlaxcala forma parte del fondo que perteneciera a Candelario Reyes Flores, un ingeniero tamaulipeco al que se le reconoce como funcionario público, gestor cultural e historiador. Vivió sus últimos años en Tlaxcala, donde murió. Por lo que entiendo, donó en la década de los 1960 su biblioteca particular al gobierno tlaxcalteca, en específico a la Escuela de Derecho “Manuel de Lardizábal y Uribe”, según indica Luis Nava Rodríguez.       

Supongo que los títulos a los que no se les vio utilidad para el ejercicio de la abogacía se trasladaron a lo que ahora es el fondo especial de la Biblioteca Pública Central, entre ellos, cómo no, este de cuentos de Terrés.

Lo que en realidad me ha motivado a escribir esta pequeña nota radica en un hecho tristísimo, para mí, y espero que para usted también.

Ahí estaba yo, dispuesta a disfrutar de la escritura de una cuentista mexicana. Sin embargo, era mi último día en esa ciudad que me acoge con tanta dulzura. Había comenzado tarde mi estancia en el fondo reservado pues su encargada estaba de vacaciones y parecía que nadie más conocía lo que guardaba esa sala. Tuve que ir a preguntar (y molestar) a la gente de al lado, donde atienden a las personas con capacidades diferentes. Me enviaron a la Coordinación de Bibliotecas, una oficina ubicada en la parte más bonita y al final del todo, donde un hombre se levantó a ver qué podía hacer por mí. No mucho, pues tuvo que llamar a una de las bibliotecarias de la parte de abajo, la de la sala común, para que lo auxiliara. La buena mujer, que ya me conocía, se ofreció a revisar el catálogo que yo ya había revisado a ver si ella sí encontraba El otomí de Ixtenco, de Yolanda Lastra, que yo me empeñaba en consultar. Cuando por diestra y siniestra se y me confirmaron que ni en el apartado especial sobre Tlaxcala ni en ningún otro sitio del edificio aparecía esa obra por la sencilla razón de a que nadie se le ocurrió adquirirla para que formase parte del acervo, fue que me dispuse a leer a Terrés.

No contaba con mucho tiempo, en particular porque, pese a leer con cierta rapidez, cuando se trata de narraciones y más si están ubicadas en ese tipo de espacios que creo propios de la semioesfera como lo son los psiquiátricos, Lotman me disculpe, prefiero hacer una lectura sosegada, deteniéndome en las imágenes que me evocan, en la construcción de las frases…

Tras el “Aviso” de la escritora, me urgía abordar su primer cuento, “Manicomio”, el cual abarca cuarenta y cuatro páginas. Concluí que no alcanzaría a leer completo el libro, pero me sentiría satisfecha con esa única narración. El estilo de Terrés es fluido, claro, se le nota oficio. Sus descripciones muestran una aguda capacidad de observación, patente en la descripción precisa de los espacios y la escenografía, así como en la conformación de sus personajes.

Iba a dar vuelta a la quinta página y, sorpresa, me topo con el pliego intonso. Y más sorpresa, todo el libro lo estaba. Unos pliegos permanecían intactos por el lado de afuera, otros por el superior.

No había nadie en el lugar, como me había convertido en habitual, me dejaron sola. Semanas atrás me había topado con otro ejemplar con algunas hojas así, el de El libro vacío, de Josefina Vicens, otra primera edición (1958, México, Compañía General de Ediciones). En este caso se trataba de un único pliego. Como estaba en esos momentos en la sala de la parte de abajo, pude recurrir a las bibliotecarias para que me proporcionaran un cúter (¿por qué los cúter ajenos nunca tienen filo?). Dudaron, sopesaron la petición y las consecuencias de acceder. Se notó que tomaron en consideración mis credenciales, mi edad, mi constitución física, mi peinado, mi ropa, mi conducta (temí por un instante que les influyese de forma negativa esa costumbre que adquirí de tomar mi lonche caminando descalza por el césped del área ajardinada que rodea el edificio; y la de llevar todos mis enseres en una enorme bolsa de plástico transparente para no me verme obligada a ir a cada rato al guardarropa a sacar cosas de mi mochila; y la de pedir en un mismo día obras sobre Alejo Carpentier, la artesanía popular y la Historia de un chamán cora, de Fernando Benítez, además de consultar una veintena de libros antes de encontrar el bueno).

Con exceso de aprehensión pronunciaron un sí muy chico; la entrega del objeto cortante, su paso de una mano a otra, se dilató tanto que contravenía las leyes de la física. Y cuando me dispuse a la tarea, me rodearon como yo estuviese encarnando al Dr. Nicolaes Tulp. Y así me sentía, solo que con la conciencia de empuñar un escalpelo romo, de que mi paciente estaba vivo y la alta posibilidad de ser expulsada con ignominia de un espacio para mí muy querido si fallaba en mi quehacer.

La satisfacción de concluir la lectura de la obra de Vicens —magnífica, por cierto— se vio empañada por ese rato tan estresante. Las bibliotecarias me quitaron con presteza el cúter, lo guardaron en lo profundo del escritorio y se volcaron nerviosas en sus actividades como si quisiesen olvidar de inmediato el suceso.

Todo esto vino a mi mente en ese instante en que estaba frente al libro intonso de Terrés. Estaba sola, como he dicho, en la sala. Debía salir a buscar a alguien, en la Coordinación o abajo, alguien con un objeto punzocortante, alguien que accediese a su uso. Era casi hora de salir. Si debía dejar la sala abierta, ¿sería mi responsabilidad lo que ocurriese en mi ausencia? Nunca va nadie por ahí, pero ¿y si hoy sí se daba el caso de que alguien en el último momento viniese corriendo por un dato urgente relativo al siglo XIX o a uno anterior?

  ¡Alguien con un cuchillo, unas tijeras, una navaja, por favor!, gritaba para mis adentros. De encontrarme a ese alguien, ¿hallaría la misma comprensión que la vez anterior o corría el riesgo de que me negasen de plano el derecho a volver a entrar a ese recinto?

Nada, desistí. Sin fortuna intenté atisbar la trama entre los pliegues. No alcanzaba a comprender cómo ese libro conservaba sus pliegues sin cortar. Entonces me asaltaron las matemáticas. Concluí que el tal ingeniero Candelario Reyes Flores nunca tuvo interés en él. La edición es de 1950, él donó su biblioteca en los años 1960, dicho ejemplar por lo menos pasó diez en su poder. Quizás se lo regalaron, quizás la propia María Elodia Terrés se lo hizo llegar.

Entonces pensé en la tarjeta de préstamo. Estaba intacta. Parecía que nadie lo había pedido prestado. En suma, en setenta y tres, ¡setenta y tres años! nadie había leído ese libro. Y yo, la única atraída por él, era incapaz de hacerlo por una mera circunstancia física.  

Espero regresar pronto a Tlaxcala e ir a la biblioteca armada con una buena navaja. Es mi deseo hacer una reseña en condiciones a la par que conseguir el libro de Liliana Pedroza a fin contribuir a dar noticias como-se-debe de la vida y obra de María Elodia Terrés.