Mañana decembrina

Entre la gente del barrio hay alguna forma parte de mi paisaje cotidiano. Hoy se me ha presentado una oportunidad inesperada de conocer un poco más de dos de esos personajes. Se trata de una señora mayor y de un hombre de mediana edad.

Ella va en silla de ruedas, a veces acompañada por un perrito. Me es interesante a la vista porque es muy obesa de la cintura para arriba y usa, en consecuencia, unas batas que no solo la cubren a ella sino también una porción de su vehículo, lo cual le otorga, desde mi punto de vista, la capacidad de ser señora y tienda de campaña móvil al mismo tiempo, lo cual me parece una combinación inmejorable. Tiene muchas amistades, habla con todo el mundo. La he considerado siempre como una persona de muy buen carácter, a quien su situación de invalidez no la amilana en lo absoluto. Quizá por eso mismo le he atribuido cualidades tales como la bondad, la comprensión, la cercanía, el respeto a lo diferente, apertura de mente…

El hombre, por su lado, me ha llamado la atención porque hay algo en él inclasificable. Se ve de buen aspecto, habla sin parar y con mucha cortesía, saluda con la cabeza y los ojos a toda persona con quien se topa, por lo cual recibe el rechazo instantáneo de la mayoría. Se mueve de forma particular y todo el tiempo va de aquí para allá como con prisa. La gente europea que se viene a vivir a la zona suele ser jubilada. La edad de este hombre no encaja con la edad del retiro. Tampoco parece trabajar en ningún sitio. Tal vez lo haga desde casa, he pensado, como traductor, como informático, quizás sea pintor o escritor.

Hoy, mañana difícil (para mí) por ser la del 24 de diciembre, logré arrastrarme al sol y a pasear sin ánimo por el mercadillo tan solo para ver el afán con el que las y los vendedores recogían sus puestos. Sin esperarlo, compré Biografía del hambre, de Amélie Nothomb, antes de que fuese empaquetado. Comencé a leerlo con avidez sentada en una banca a espaldas del edificio donde vivo.

Innumerables personas iban camino a comidas y tardebuenas. Pasó, no podía faltar, la señora a la que me he referido. Formaba parte de un grupo que incluía a dos adolescentes. La estructura de la calle atrapa el sonido y lo propaga, de tal suerte que es posible escuchar conversaciones provenientes de unos dos o tres metros más allá de donde me encontraba apostada. Esto es, tuve unos siete metros de su charla. Pues resulta que la buena mujer venía incordiando a más no poder al par de chicos: que si eran tontos por no ponerse un adorno ridículo en la cabeza (ella llevaba uno, era la única del corro que lo portaba), que el chándal no es para los días de fiesta, que una tardebuena no es lugar para vestir esa prenda, que si el que vestía uno azul turquesa llevaba ese color porque se lo encontró de oferta. Y seguía y seguía. Los muchachos llevaban la cabeza más pegada al cuello que cuando leen el móvil.

Al poco rato apareció el hombre. Como suele ser solitario, captó mi curiosidad que iba en compañía. Contaba a sus interlocutores con una voz nítida y tal vez un poco más alta de lo que sería necesario que había perdido el oído interno y, con él, el equilibrio y la música, a la que se dedicaba. Había pasado ya por un par de cirugías sin obtener buenos resultados, dijo. Tal circunstancia lo obligaba a estar en movimiento constante pues de lo contrario se mareaba y podía caer. Con todo, su caminar no era firme ni recto. Explicó que, pese a no beber alcohol desde los quince años, esa es la razón por la que todo el mundo lo cree borracho, en especial cuando va al supermercado.

Entre las anécdotas de la escritora belga sobre su infancia nipona y su insaciable hambre de golosinas, el sol que estaba ahí, aunque no calentaba, y una bandada de cotorras argentinas que se disputaba los frutos de una palmera con los estorninos, me entero de que la doñita que no puede caminar y el doñito que no puede parar de andar son diferentes a lo que había fabricado en mi mente.

Me gusta cuando la vida me sorprende con su buena dosis de realidad.