Llueva o no

No conozco el olor de la larga sequía. Una vez la hubo por mis rumbos y el único sitio donde lo notamos la gente de la ciudad fue en el lago de Chapala, porque se achicó. En lugar de olas ahora solo quedaba un lodo como asustado, como pillado in fraganti, reseco por fuera y baboso por dentro, el cual desprendía un olor a lirio podrido, a charal difunto. Las embarcaciones que daban el paseo por la orilla y hasta la Isla de los Alacranes habían sido sustituidas por el alquiler de burros escuincles o escuálidos que hacían el trayecto hasta el agua, para placer del chiquillerío y desolación de los pescadores.

No conozco, por lo tanto el olor de la tierra cuando le llueve tras una larga sequía. Pero sí sé a qué olía mi casa en temporada de lluvias. El decir popular de mi pueblo afirma que las aguas llegan en mayo, llueva o no. Por mi cumpleaños, en julio, invariablemente llovía. No había manera de festejar porque se soltaba el tormentón por ahí de las cinco, duraba una hora y luego seguía un chipi-chipi que mantenía el frescor hasta la noche. Quizá por la fecha, realizaba yo con mayor conciencia el habitual recorrido que solíamos hacer cuando llovía. Primero el patio, porque las gotas iniciales dejaban sus huellas en su pulido suelo de cemento. Cuando arreciaba, corríamos a la ventana que daba al huerto, para ver cómo les iba a los frutales, a mis dos gallinas, si se había guarecido el perro. Por último, la calle, que sin variación se inundaba. El patio se impregnaba aún más del habitual aroma de las rosas y emergía de él otro, inexplicable, proveniente del pozo cuya agua escondida se mezclaba con la recién caída. La calle, por su parte, olía  todavía más a pavimento. El verdadero placer olfativo provenía de los patios traseros de las viviendas colindantes, que exhalaban con generosidad el inconfundible olor de la tierra mojada. El de las arcillas de sus suelos, embrionario del jarrito mojado, se complementaba con el de las infaltables guayabas, con el de la ceniza de hojarasca que se había echado en primavera a los cajetes, con el de los restos de animales domésticos ahí enterrados desde hacía generaciones. Ya cuando tuve conciencia al viajar, descubrí que no olía igual a tierra mojada en todos sitios. El que tengo registrado, el que forma parte de mi ser, ya no existe. Porque la polución, porque la casa no es, porque mi madre no está, porque ya no soy aquella. Hay palabras al gusto para nombrar ese aroma, como la eufónica humuvia. Con todo, un solo vocablo no alcanza a abarcarme esas tardes con mi madre y mi sobrina asomadas a los árboles viendo caer gotas y guayabas.

GÓMEZ GRAY, Alana. (2023). Llueva o no. En Francisco DÓMENE, Santiago AGUADED & Dionisio PÉREZ VENEGAS. Humuvia (pp. 91-93). Salobreña: Editorial Alhulia.