La extrañeza de un universo sobrecogedor

Reseña de Relámpago de asombro, escrita por José Ignacio Fernández Dougnac.

Publicada en el suplemento Los diablos azules, de InfoLibre, el 01 de marzo de 2023.

https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/extraneza-universo-sobrecogedor_1_1440450.html

En 1948 Alejo Carpentier, en su reacción contra el surrealismo europeo, publica su conocido artículo sobre «lo real maravilloso» en El Nacional de Caracas, el cual más tarde transformaría en el prólogo de El reino de este mundo (1949). Allí demuestra que la singularidad del contexto sociocultural sudamericano («lo real») crea un universo tan genuino («lo maravilloso») que su expresión se concibe dentro de la fantasía o lo quimérico. Tal ambiente únicamente puede ser captado y plasmado a través de la «revelación» o de una «fe» que presupone «una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad». Más tarde, este concepto se matizaría o derivaría en lo que se ha denominado «realismo mágico».

Algún sector de la crítica ha discernido las características de uno y otro alumbramiento literario. Lo «real maravilloso» emana, en esencia, de una singularidad cultural y telúrica, que se muestra prodigiosa por su ancestral complejidad, reflejando unos hechos que se distancian de lo estrictamente racional y se instalan en lo cotidiano, de manera que lo natural sería lo que catalogarían otras culturas de extraño, raro, sobrenatural o inverosímil. En cambio, el «realismo mágico», que aflora sobre 1960 y 1970, parte de una carga más literaria y procede no tanto de lo colectivo sino, sobre todo, del imaginario individual, aunque éste se fundamente en determinas parcelas de una cotidianidad percibida. Mientras que en el primero la extrañeza emana de un universo sobrecogedor, el segundo surge de la misma escritura y se asienta en una estricta literariedad. En este sentido, la obra de Juan Rulfo sondea los factores maravillosos que emanan del campesinado mexicano, en tanto que un cuento como «Historia verídica», de Julio Cortázar, ejemplificaría la manera en que la creación personal transforma lo ordinario en inusual, lo anodino en vislumbre ilusorio. Ambas tendencias se han ido entrelazando hasta fusionarse y convertirse en idéntico fenómeno o en las dos caras de una misma moneda que, sin lugar a dudas, en palabras de Alejo Carpentier, son «patrimonio de la América entera».

La narradora Alana Gómez Gray, nacida en Jalisco, aprovecha este inmenso caudal a la vez que aporta características de otras corrientes potenciando el papel determinante que juega la experiencia, la memoria y el inconsciente para acomodar la fantasía, su propia fantasía, al diseño de cada ficción. Al conjugar la dimensión íntima con una perspectiva cívica nunca pierde la dimensión de lo estrictamente real en cualquiera de sus facetas. Por tanto, sería inadecuado encajonar la escritura de Gómez Gray dentro del realismo mágico sin más. Aunque bebe sin duda de esta vasta tradición, su proyecto creativo alcanza otros horizontes, en tanto que se alimenta del recuerdo y de las sensaciones para realizar su peculiar reescritura de la vida, para sondear espacios de la conciencia sin desvincularlos de parcelas antropológicas muy enraizadas con la función de las mujeres dentro de la cultura y costumbres mexicanas, y, en consecuencia, para profundizar, con un fino sentido crítico y de denuncia, en un entorno social muy determinado. Por todo ello, han sido destacadas las huellas de escritoras como Elena Garro e Inés Arredondo, así como la pintura surrealista de Remedios Varo, por citar solo varios ejemplos.

Desde que en 1999 comenzara su trayectoria con el libro de relatos Larva de serafín (Tierra Adentro, Consejo Nacional para la Literatura y las Artes), al que siguió La Fortaleza (Premio Nacional Efraín Huerta, Tampico, México, 2005), Alana Gómez Gray ha ido macerando con lentitud su propia cosecha narrativa, potenciada por su continua labor investigadora que se ha ido centrando en la vertiente social del acto literario y en las dinámicas de poder conjugadas con relevantes enfoques feministas. Ahora, con Relámpago de asombro (Granada, 2022), se presenta, por primera vez, en el panorama de nuestras letras. Dividida en cuatro partes (Desde el corredor, Patio y traspatioDe cielo y tierra Las afueras), junto con un Epílogo y un Glosario, nos encontramos ante una obra rotunda, bien trabajada, con oficio, desarrollando siempre lo esencial y tan cargada de inteligentes sugerencias que, en consecuencia, es muy digna de ser tenida en cuenta.

El título está extraído de la última composición, Compañía. Merece la pena reproducir el fragmento, pues refleja a la perfección el tono que ha dominado en todos los relatos y microrrelatos que componen el libro. Nos dice así la voz de la protagonista:

«Mi excelente desempeño en esa aula me condujo a otra escuela donde la situación fue similar, aunque me permitió conocer una gran cantidad de variables de la crueldad salpicada de relámpagos de asombro».

A través de esta mezcla de «crueldad» y «asombro», de belleza y dolor, de sensualidad y denuncia, ternura y daño, Alana Gómez Gray logra que esos «relámpagos» prendan e iluminen la sensibilidad lectora. Mediante la escritura, ordena, o mejor, moldea el fluir de los sueños y los recuerdos, en suma, de la realidad más honda e inalcanzable, creando, gracias a un esmerado sentido de la concisión, otra realidad que no se aleja de lo vivido ni en su plenitud ni en su angustia. Por tanto, nuestra autora nunca escribe a ciegas dejándose llevar por los meandros de lo imaginario, pues siempre sabe a dónde se dirige y hacia dónde nos lleva. Existe un firme control en cada uno de sus relatos, lo mismo que en la compacta estructura que cohesiona el libro en su integridad, cincelado todo con la precisión de un cofre. Por ello, en más de un momento, notamos que se pone en práctica una de las célebres máximas que Horacio Quiroga estableció en su Decálogo del perfecto cuentista: «No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas». Basta con extraer algunas muestras, seleccionadas al azar, para para comprobar esto último. Desde el principio del relato, Gómez Gray sabe captar nuestra atención de manera fulminante, igual que si nos abriera de súbito una puerta para empujarnos de golpe hacia territorios ignotos. Así es, por ejemplo, el arranque del cuento Del mismo modo: «Cuando tenía cerca de cinco años, le tocó ser testigo de un hecho, monstruoso por haber sido realizado en su presencia»; o de En el guayabo: «A veces sucedía que el sueño es muy delgadito, como papel de china azul, casi transparente»; o de Lectura: «La mujer pasea su cicatriz por la plaza». De esta forma, universos tan inasibles como incompresibles nos resultan cercanos y, a veces, terriblemente atrayentes. Como atinadamente ha apuntado Antonio Chicharro

«Se trata de una escritura que, lejos de remitir a lo real con los procedimientos discursivos habituales del realismo, da cauce y formaliza, en un discurso pulcra y minuciosamente tallado, una serie de imágenes e ideas que nutren historias elaboradas por el flujo de la conciencia, espacio este donde cada persona es y en el que confluye lo social y lo individual, lo cultural y lo natural, la experiencia y la imaginación, la memoria y el inconsciente».

Al transitar por las cuatro secciones que conforman Relámpago de asombro, igual que sucedía en La Fortaleza, la obra anterior de nuestra escritora, nos percatamos de que, página tras página, recorremos algo parecido a un gran caserón, con sus estancias, su patio y su traspatio, pero también de que vamos transitando un espacio de límites imprecisos cuyos contornos y alrededores solo son perfilados por la imaginación de quien lee. Conforme seguimos avanzando cumplimos un itinerario que se dirige de adentro a afuera, desde el «corredor» a «las afueras», desde el cobijo al desamparo, transmutándose, a su vez, en un simultáneo recorrido temporal que parte de la inocencia y se adentra poco a poco en la realidad más cruel e inmisericorde. El texto prologal funciona a manera de antesala o zaguán. Nos sitúa ante una atmósfera que reside más allá del tiempo, en el origen. «No sé qué edad tengo […]», son las palabras iniciales, el primer «relámpago» que fulgura en este libro, para proseguir: «Debo de ser muy pequeña porque me visten y me peinan […]». Y más adelante: «A la par, debo ser muy mayor puesto que mi cabeza está llena recuerdos imágenes y voces».

En efecto, la infancia («la agilidad de la infancia»), la constante presencia femenina, la imponente influencia de la madre («la única figura no mudable en su infantil paisaje donde los hermanos cambian de fisonomía con rapidez»), así como las relaciones familiares, de vecindario y amistad, con sus múltiples matices, son los otros elementos temáticos que articulan estos treinta y tres relatos. Como contraste, la silueta del padre se yergue igual que el «monstruo que debía de estar confinado», el carcelero que, aun sin existir, prosigue sometiendo a quienes lo rodean con sus férreos preceptos. Estos delgados hilos de plata que van trabando las diversas piezas de Relámpago de asombro se refuerzan mediante la aparición de algún personaje que salta de una trama a otra. Lo mismo que se enriquecen gracias a la soltura con que nuestra autora cambia de perspectiva narrativa según las necesidades intrínsecas de cada texto: de la divina potestad de la omnisciencia pasa a la confesionalidad de la primera persona y a la imprecación de la segunda. A través de todo ello, Alana Gómez Gray nos va trazando la maravilla del mundo con idéntica naturalidad con que logra asomarnos a las mismas entrañas del infierno, tal y como sucede con el texto más largo, Fosa común, donde la metáfora de la antropofagia sirve para elaborar un terrible alegato contra la mendicidad infantil. Cada relato encierra esa tensión interna que propugnaba Raymond Carver. No se trata, pues, de huir de una realidad por medio de la fantasía sino de articular unas apariencias supuestamente prodigiosas para ahondar sin concesiones en la verdad misma del ser y de la colectividad. Como ha afirmado nuestra autora:

«Podría añadir que [Relámpago de asombro] es como una red. De su eje manan líneas paralelas y perpendiculares: hay asuntos recurrentes, situaciones de un texto que se complementan en otro, personajes cuyo papel puede terminar o no dentro de una de las historias. Es un entramado de motivos y efectos». 

A todo lo expresado habría que sumar la sutil veta metaliteraria que salpica estas páginas y que merece ser tenida muy presente. A través de las niñas humilladas de Lectura se articula una libre y sagaz interpretación del célebre íncipit cervantino («En un lugar de la Mancha…»), de lo que se desprende otra de las características de esta obra: la sutil ironía con la que son abordadas ciertas situaciones. Del mismo modo, textos como Bendición Compañía resaltan la capacidad transformadora del «misterio de las letras». Fuegos fatuos encierra un hermoso homenaje a Bécquer, en el cual se nos revela que donde mejor se manifiesta la maravilla es a través de la literatura; y del comienzo de Galafre destella un cálido guiño al dinosaurio de Monterroso.

«Si me concentro en las sensaciones que guardo —expresa la autora en el Epílogo—, aparecen palabras cuyo uso me seduce: cilicio, piel aroma, incertidumbre, sábanas, flores […]». Esta seducción que ella tiene por la lengua es la misma que sentimos al paladear cada una de estas páginas, pues disfrutamos de aquello mismo a lo que aspiraba Baudelaire: del «milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo, ni rima, lo suficientemente flexible y dura como para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño y a los sobresaltos de la conciencia». Sólo que en nuestro caso, Gómez Gray incorpora un acento de mesurada oralidad con el que refuerza la dimensión de lo narrativo, nos aproxima aún más a sus objetivos, a sus propias sensaciones, y por medio del cual quedamos con tal fascinación como si volviéramos a escuchar un cuento frente al fuego. Para concluir, he de destacar el papel desempeñado por esas pequeñas editoriales independientes (tal es el caso de la granadina Esdrújula Ediciones), que navegan en solitario y que, desde las periferias del mercado, dejándose guiar con libertad y valentía por un impecable olfato literario, nos dan gratas sorpresas como esta: la de conocer a escritoras tan lúcidas, certeras y atrayentes como Alana Gómez Gray.