Fronteras

Vivir en un país que no es en el que se ha nacido implica hacer ajustes de todo tipo. Quizás el más significativo para mí ha sido el del lenguaje. Por mucho que el español sea una de las lenguas oficiales en ambas naciones, lo que se entiende por tal es diferente en cada una de ellas. Yo me vi obligada a dejar de lado ciertos giros, todos mis localismos, los vocablos nahuas, además de frases y palabras que aquí generaban desconcierto por considerarse “antiguas”, en desuso, incorrectas, “mal pronunciadas” o demasiado cultas. Con el paso de los años, más de una década de vivir en suelo ibero, escogí un vocabulario que fuese lo suficientemente estándar para darme a entender, sin necesidad de explicar cada palabra. No obstante, dicha medida me ha acortado una enormidad —me parece— la riqueza de mi habla originaria.

            La selección de ese puñado de palabras con las que he venido comunicándome fue producto de mi hartazgo ante casos como: “no se dice jitomate, sino tomate”; ni papa, sino patata; ni tapete, sino alfombrilla; ni cazuela, sino sartén; etcétera. No he claudicado, eso sí, ante el uso indiscriminado de los pleonasmos, ni digo “en base a”, y sigo distinguiendo entre estereotipo, prototipo y arquetipo y entre emular e imitar. Muchísimo menos saludo con un “hola a todas y a todos”.         

            Y yo vivía tranquila en mi adaptación hasta que decido releer Del amor y otros demonios, de Gabriel García Márquez. Me he estremecido. Es como reencontrarme con un pozo de agua fresca, con el olor de la tierra tapatía en temporada de lluvias, con el sabor de los arrayanes y las guayabas verdes, con la penumbra de las habitaciones de casa de mi madre a la hora de la siesta, con el gorjeo de los pájaros a mediodía en avenida Hidalgo, con el colorido de los mercados de Tlaquepaque y de San Juan de Dios. Conmigo misma, en suma, desenterrando el tesoro de palabras que había escondido a fin de ser aceptada. Ser aceptada…

            Y de entre el caudal de palabras que el Nobel colombiano me ofrece en esta obra, hay una que me ha hecho llorar: tremedal.

            Escribí un breve cuento titulado “Fuegos fatuos”, de próxima aparición, en el que me refiero a los pantanos. En España, se entiende por tal su segunda acepción, la de embalse. Pero yo quería referirme no solo al terreno de aguas estancadas y fondo cenagoso sino también a ese “cubierto de césped, y que por su escasa consistencia retiembla cuando se anda sobre él”. Pero no recordaba la palabra tremedal. La tenía borrada de mi mente, de mi existencia. Mi cuento hubiese adquirido otro carácter, creo, de haberla incluido.

            Concluyo que vivir fuera del país natal equivale a encontrarse en una zona fronteriza desde el punto de vista lingüístico. Por una parte no se habla ni se adquiere el acento ni se usan los localismos de la zona donde se habita; ni se tiene con quien practicar la lengua materna. Por otra, sin embargo, se aprende una gran cantidad de vocabulario que permite entender a más gente. Hay, por lo tanto, una diferenciación entre lo que se habla y lo que se escucha o lee. Entre lo que se emite y lo que se recibe. El caudal de lo que se recibe es mayor: puedo leer a García Márquez y a García Lorca sin necesidad del diccionario. Platicar con quienes me rodean ya es otro cantar.

            Ante estas reflexiones me doy cuenta que lo de ser aceptada o no ya me importa un comino. Ahora, desde esta nueva perspectiva, me propongo averiguar cómo hablo cuando me siento en libertad.