Escribir diarios

Pese a la profusión de diarios publicados y la autoficción, cuando las personas de a pie escuchan a alguien de su entorno decir “escribo un diario”, suponen que tal hecho implica lo íntimo, lo oculto, lo secreto, lo vergonzoso, incluso lo cursi; lo que nadie debe leer, salvo su propia autora.

Paradoja, pues se escribe para trasmitir.

Aquí puede argumentarse que la autora del diario anhela “decirse” algo a sí misma. En el entorno lejano de la escritura profesional, hay diaristas que simplemente dan cuenta de aconteceres cotidianos que consideran tan relevantes que merecen ser consignados, a lo mejor por el simple hecho de preservarlos del olvido. Esto es, diarios de actividades: “hoy vi, comí, salí”, etcétera.

También hay diarios que sirven como cloacas: a alguien le sucede algo tan extraordinario que no puede con ello. Un hecho semejante al de haber tomado un platillo demasiado indigesto que de inmediato conlleva molestias y se precisa expulsarlo del cuerpo. Es posible que este tipo de diarios ni siquiera deban llevar ese nombre pues, dadas las circunstancias, sólo serán usados unos días, mientras dure el malestar.  Dicha incomodidad no necesariamente implica algo malo: puede tratarse de una alegría enorme, un enamoramiento correspondido, una experiencia sexual novedosa, un cambio de vida, una venganza, un chisme. Tal vez quienes escriben este tipo de diarios sean personas que no tienen en quien confiar, tanto porque estén solas como porque no consideren a nadie a su alrededor digno de su confianza. Tal vez sean personas particulares que no “pueden” con hechos que salen de su rutina y no saben cómo manejar. Poco atentas a las consecuencias de sus actos e incapaces de creer que toda acción tiene causas y efectos. Guardarán con celo su cuaderno y luego, sin saber cómo, lo pondrán entre los objetos-perdidos-para-ser-encontrados-después y se tropezarán con él en el momento menos esperado. Si han madurado un poco para ese entonces, se darán cuenta de que vieron demasiado grande algo que no lo era tanto.

Así, también imagino que existen quienes inician un diario por moda, por obligación, por imitación. Escogen un cuaderno limpio, bonito, nuevo; se rodean de lápices, plumas, marcadores; abren un documento de Word con su bonita blancura óptica y se engolosinan pensando en el sonido del teclado. Se sientan a escribir y no saben por dónde empezar. Quisieran escribir grandes hazañas pero se enteran de que su vida es monótona. Piensan en el posible lector al que impactarán con sus días llenos de actividades interesantísimas, sus amistades extraordinarias, lo tórrido de sus amores, lo activo de su vida sexual, sus triunfos laborales y cosas así. Se frustran al no tener nada para poner en esos renglones, salvo la fecha. Estos serían unos diarios light.

Salvo personajes como Barbie, nunca he sabido de nadie que empiece el relato de su día con un “Querido diario:…”. Esto es un cliché de muy mal gusto. O quizás no, pues continúan a la venta cuadernos con candado de ese personaje para que las niñas comiencen a registrar la insulsez de sus vidas infantiles.

Por otro lado, están aquellos seres que escriben todos los días, de manera casi religiosa, y los que escriben sólo a veces. Es decir, quienes quizás toman su diario una vez a la semana, pero por largos años de su vida.

La gente, supongo, lleva diarios por gusto y/o por necesidad.

Las personas antropólogas, las científicas, las psicólogas e investigadoras de cualquier ámbito llevan diarios por necesidad. En ellos apuntan sus actividades, sus experimentos, sus hallazgos, sus conclusiones, todo lo que tenga que ver con su labor. Me pregunto consignan al mismo tiempo lo relacionado con su vida personal. Malinowsky, por ejemplo, no lo hacía.

Aquí me acerco entonces al tipo de personas para quienes el diario (escrito todos los días o esporádicamente) es un terreno de confrontación, cuestionamientos o reflexión.

Dentro de ese grupo están quienes escriben con un afán exhibicionista. Lo hacen para alardear, para ser leídas/os. A veces son capaces de esperar toda la vida, incluso morirse y dejar instrucciones para que sus textos sean dados a conocer no sólo a sus sobrevivientes, sino incluso toda aquella gente con un mínimo de morbo y suficientes recursos para pagar la obra que creen, de manera invariable, que  “da cuenta de una vida atormentada por las circunstancias” o “por su fuego interior”, a semejanza de las anotaciones de la cuarta de forros de los libros de Anaïs Nin. Es loable su entereza y la firme convicción que tienen de sí mismas/os como personajes “importantes”.

Me gustan más aquellas personas que desmenuzan su alma, su entorno, su vida sin otro instrumental que lápiz y papel, como en los diarios de Ferenczi o en el de Frida Khalo.

No les importa ser leídos o no, porque los juicios ajenos siempre serán nimios comparados con los propios. Vacían el alma en cada letra, escriben para tener puntos de referencia en el intento de establecer un mapa de su vida.  Escribir es una necesidad vital, no una imposición. Es el diálogo consigo misma, es el plasmar los pensamientos, más que las actividades.

Ahora, también existen aquellas personas a las que se les ha pedido llevar un diario como parte de una labor de terapia psicológica o literaria. En el caso último es preciso dejar bien claro que es sólo eso: una herramienta y cómo tal será utilizada. Pedirle a alguien que lleve un diario nomás porque sí, es entrometerse en algo tan personal como darle instrucciones a alguien de cómo hacer el amor con su pareja durante el acto mismo.

Escribir o no un diario es una decisión de vida: se toma o no. Y lo más profundo: se hace o no.  Un diario responde a una necesidad que no todo el mundo siente o puede enfrentar, y no es tampoco la solución a nada.

Escribir todo esto es para reflexionar yo, aquí, a solas: cómo imagino a la gente que pudiera estar relacionada con un diario, igual que lo estoy yo.

Debo aclarar que mi actividad como diarista es, en realidad, solo el soporte de mi verdadera vocación: incendiaria permanente de mis propios diarios.