Dorados

Al levantar la persiana, me sorprendió una luz dorada. Como la de un atardecer sosegado, como la de la chimenea cuando el destello de los rescoldos se une al de los del alba. Se trataba de una niebla densa, casi palpable, teñida de tenues oro y rojizo. El paisaje matutino del pueblo ofrecía un aspecto que nunca había visto en todos los años que llevo aquí, producto de la combinación de dos fenómenos meteorológicos: la dana y la calima. Fenómenos a los que no tenía el gusto de conocer hasta que llegué a vivir a estas latitudes.

La depresión aislada en niveles altos, popularmente conocida por sus siglas, dana, me es bastante desagradable, por ser partículas de agua que ocultan el sol y sofocan. En verano es cuando peor se lleva. Ofrenda una su sudor a Ehécatl y a Eolo para que manden por lo menos uno de sus suspiros a ver si se deshace esa especie de nube baja característica de las zonas costeras donde se concentran aguas a una temperatura superior a lo normal. La calima, por el contrario, me gusta mucho por ser polvo del desierto, el cual, para mí, es sinónimo de polvo de estrellas.

De este modo, esa nube que no es nube, al ponerse en contacto con la de arena, me está ofreciendo una mañana con una experiencia tal que me llena de regocijo.

Típica niña de su pueblo, tardé en descubrir que la luz tiene diferentes tonalidades. La luz tapatía me parecía la mejor del universo hasta que viajé a Michoacán, y luego a San Luis Potosí, y después a la selva y más tarde a Andalucía, a Dinamarca y a Japón. La pintura y la fotografía me habían dado un panorama desde antes, sin embargo, no fue hasta que estuve ahí, viendo mis propias manos bajo otra luz, literalmente, que la comprendí de verdad.

El fenómeno va a más. Conforme avanzamos hacia el mediodía el color se vuelve cada vez más cerrado, si cabe la expresión. Es como si presenciase el eclipse de un sol demasiado viejo. Las gaviotas no vuelan, permanecen estáticas en sus sitios de descanso, ni se oye el piar de los gorriones. En la callle, la gente va y viene como siempre; mientras, mi casa se tiñe de cúrcuma, de albero cuando se acaba el día. Y pienso en cómo algo malo puede volverse bueno cuando entra en contacto con lo improbable. Y en las enormísimas ganas de que mi hija pudiese ver esto conmigo.