De la belleza

La Belleza se materializó por un instante en la plaza, gracias a la conjugación de una personalidad y un desecho.

Era ella una señora señorial. La blancura de su cabello enmarcaba su rostro, ya magnífico, como si fuese una aureola. La perfección del atuendo, la soltura de su caminar; era imposible no admirarla. La seguridad con la que entró al espacio público, como si fuese su dueña, era equiparable a la del perro, enorme, cuyas rizadas lanas de maniqueísta tonalidad le encarcelaban los ojos, aunque no la intención. Ambas criaturas marchaban con decidida indolencia hacia allá, cualquiera que fuese ese punto en el horizonte.

Él la adelantó a ella en asentar sus plantas sobre el lugar, hermoso esa mañana por la ceguera que sufren a la luz del día los miles de foquillos que se instalan por las fiestas. Llegó el animal, decía, con todo su esplendor a escoger una baldosa frente a una aburrida tienda de ropa. Con gran esfuerzo, profundo esfuerzo, sudoroso esfuerzo si los perros sudasen, logró depositar una caca chiquita, ridícula en comparación con el tamaño y majestuosidad del cuerpo que la expulsaba. Acostumbrado al pavimento, no hizo el menor intento de acudir al instinto de enterrarla. Y así, con la nobleza con que arribó, se marchó del sitio.

Un par de minutos más tarde, la hez ya había sido pisada y extendida con discreción sobre el adoquín. En esas condiciones estaba cuando hizo su aparición la mujer con su excelsitud, una de esas que, por serlo tanto, se convierte en inapreciable.

Un poeta me dijo hace años que la belleza, para que lo sea con mayúsculas, debe contener en sí la imperfección. Y me puso el ejemplo de una conocida nuestra que nos arrebataba el aliento, quien era muchísimo más bella cuando sonreía por tener un diente ligerísimamente torcido. Esa característica, que en cualquier otro ser pasaría por defecto, era lo que en ella equilibraba el universo.  

Así fue cuando la dama llena de resplandor, incapaz de mirar el suelo porque lo suyo era ver de los ojos de sus congéneres hacia el cielo, pisó un pedacito de esa popó. Quizá el grosor de la suela de su calzado, la apropiada para el frío, o su saber caminar entre espinas le impidió notarlo.

Para mí, aquello se convirtió en un absoluto éxtasis. Esa señora, aristocrática, de ecuánimes ademanes, ejemplo viviente de la proporción áurea, llevaba mierda en su zapato. El resto de la jornada o hasta que pudiese desembarazarse de esa prenda de vestir, la acompañaría ese tufillo, ese emplasto orgánico e inservible.

Sin saberlo ella, puesto que la belleza está en el ojo de quien mira, ante mis ojos ascendió al Olimpo, se transformó en Belleza, la más absoluta e inefable.