Campanadas

El reloj del ayuntamiento del pueblo donde vivo da la hora con campanadas (de las ocho de la mañana a las once de la noche); el templo de espaldas de mi casa llama cuando hay fiesta (unas pocas veces al año) y el campanario de la iglesia principal es el que toca a muerto. Por haber crecido cerca de la parroquia de San Pedro y del Santuario de la Soledad, me acostumbré a escuchar el repique de sus campanas a lo largo del día, a identificar si era llamada para el Ángelus, para misa, el temido rebato. Formaban parte de mi paisaje sonoro, junto con el canto de los gallos, el arrullo de las torcaces, el silbato del tren a lo lejos, el ladrido de un perro viejo y el ulular de los tecolotes por la noche.  

El sonido de cada campana es único pues responde a su aleación, a dónde está colocada, a las características de su badajo y a si se toca automática o manualmente, como bien es sabido. Pero cada vez se les toca menos a través de esas largas cuerdas y la fuerza del cuerpo entero. Tan es así que la UNESCO declaró a finales de 2022 que el toque manual pasaba a ser —en España— Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Pensaba en todo esto el otro día cuando llamaron a muerto, eran las cinco de la tarde y el tañer se coló junto con la luz casi primaveral. Me sentía reconfortada al pensar que cuando yo muriese así se escucharía por todo el lugar. ¡Oh, qué bonito! Me llamó la atención cuán poca gente fallece por aquí pues hacía un par de semanas por lo menos que no escuchaba ese doblar. Mi ensueño se me derrumbó de golpe: el templo de fachada color rosa solo hace repicar sus campanas para quienes mueren dentro del cristianismo, Opus Dei incluido. El deceso de todas las personas musulmanas, judías, ateas, budistas, testigas de, raelianas, ufólogas jungianas, gluten free que andamos por estos rumbos no será anunciado. Y me dio rabia. O sea que todo el mundo aquí sí debe estar al tanto de que alguien con afiliación al Vaticano se ha despedido del mundo, sin embargo, esas mismas gentes ni se enteran ni les importa cuando todas las demás nos vamos en brazos de la Parca. Y todo porque cuentan con los títulos de propiedad de los templos con sus campanarios, sus campanas, sus sogas y el trabajo, seguro voluntario, de quienes las tañen.

Estoy por hacer una colecta para levantar una torre en algún baldío de los que todavía hay por el centro, con su respectiva campana bien afinada. Me da que tocaría más a menudo que la de la iglesia rosada. Creo que mi propuesta podría fructificar pues, además, contribuiría a salvaguardar la denominación patrimonial del toque manual.

Si le interesa, pase a dejar su donativo. Gracias.