Alana

Me llamo Alana. En mi casa no se usaba lo de llamarse igual a alguien más de la familia, costumbre muy común por todos lados del mundo. Durante mi infancia, era la única Alana en mi hogar, en mi calle, creo que incluso en el pueblo donde nací. Era la única llamada así en las escuelas donde hice mis estudios elementales y la única en la Facultad donde realicé la licenciatura. Tal vez habría alguna más en las Universidades de Guadalajara y de Granada cuando estudié la maestría, el máster y el doctorado, pero no en mi grupo. Nunca he compartido nombre con alguien más en ninguno de mis trabajos, ni en el periódico ni en el museo, por ejemplo.

            Un amigo mayor que yo a veces me nombraba Alana Mails. Luego supe que se refería a Alannah Miles, una cantante canadiense one hit wonder. La grafía de su nombre era más sofisticada que la del mío. Más tarde, internet me hizo saber que la mayoría de las Alanas que andaban por ahí eran estadounidenses, donde mi apelativo es más común. Un par de amigos míos decidieron poner mi nombre a sus respectivas hijas. Una vez con su Alana propia, desaparecieron (¿qué diría Jodorowsky al respecto?).

            El caso es que nunca experimenté esa sensación de, al oír mi nombre, verme en la obligación de discernir si se trataba de mí o no, como le ocurre a quienes se llaman Carmen, Sofía, Antonio o Sebastián. No, nunca me he encontrado en una situación así. Y nunca había pensado en cómo se siente hasta que el otro día apareció “Alana” en las noticias. A lo largo de mi vida mi nombre ha figurado en negritas en periódicos, revistas, libros, artículos por ser yo quien firmaba o por referir a algo sobre mi obra, pero verlo acompañado de la historia de una niña que se suicidó, me ha estremecido.

            No es que “Alana” ocupase encabezados en relación con algo de la industria del entretenimiento, los deportes, la economía, sino porque una chiquita que no encontraba su lugar en el mundo, que se sintió incapaz de enfrentar su presente, que no encontró el apoyo que requería, decidió que no podía más. Junto con su gemela Leila, esa Alana niña se lanzó al vacío en busca de un cielo mejor.

            No sé cuáles fueron las conjunciones que en su momento impidieron que mi propia existencia terminase como la suya; mas, dado que en el universo el más leve cambio en cualquier mínimo detalle es relevante, me hubiese gustado coincidir con ella, tal vez conocer a alguien con su mismo nombre le hubiese provocado la risa. Me gustaría creer que quizás ese hecho nimio hubiese marcado una diferencia.